Abrir caminos en el desierto

V Domingo de Cuaresma

      Es el 5º domingo de Cuaresma. El próximo domingo ya es Semana santa. La Cuaresma era un itinerario de conversión que desembocaba en la luz de la Pascua. Todos los que compartimos esta Eucaristía queremos situarnos como bautizados necesitados de conversión. Queremos iniciar un cambio de vida porque nos hemos encontrado con la salvación.

     “No miréis hacia atrás: sed, hambre, desierto, sino hacia adelante: agua vida, pascua”. Lo antiguo debe pasar. Debemos encontrarnos con una realidad nueva, un camino, una vida nueva. “El Señor abrirá un camino en el desierto, ríos en el secano para apagar la sed de su pueblo”. La grandeza del Señor reside en la salvación que otorga, la posibilidad que nos ofrece de estrenar lo nuevo y de mirar al futuro, aún a pesar de todas las cosas.

     La liturgia de este domingo nos dice que el pecado no es algo aberrante y, por aberrante, inalcanzable: no, el pecado está ahí, en la historia de una mujer sorprendida en adulterio, o en la historia de cualquiera de nosotros sorprendidos en la trivialidad, la mentira o la corrupción. Y necesitamos situar esa historia como algo que se pone al alcance del perdón de Dios. Algo que, desde luego, todos necesitamos.  

     Jesús, el que quita el pecado del mundo, se pone por encima de la ley: “no te condeno, pero no peques”, dice a la adúltera. Y a los que condenan el pecado de otros, les hace preguntarse sobre su propia conducta.

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¿Somos el hijo pródigo o su hermano?

IV Domingo de Cuaresma 

   Hoy es el cuarto domingo de Cuaresma. Necesitamos la conversión, nos dice la liturgia. En forma de parábola se nos presenta una historia de un padre y dos hijos. El hijo menor es un insensato, que se aleja del padre y que llega a tocar fondo en su insensatez y en su pecado. Rehace entonces un camino de vuelta hasta encontrarse con el padre. El hijo mayor es un muchacho formal que siempre ha estado cerca de su padre. El padre perdona la insensatez del pequeño, pero el mayor no perdona la misericordia del padre ni ve la necesidad de cambiar de vida. Esta es la parábola. Y, además de parábola, una realidad en la que puede verse cada uno. Cada uno debe pensar con cuál de estos dos hijos se siente identificado.

     El Evangelio de hoy se pone de parte de la bondad del padre, que espera la vuelta del hijo, que se alegra y que perdona. Dios estaba reconciliando al mundo, nos dice S. Pablo, y nos encargó el ministerio de la reconciliación. Se nos hace caer en la cuenta de que estamos dentro del proyecto de perdón de Dios y llamados a perdonar a otros. La liturgia de este domingo nos llama a vivir dentro de la misericordia de Dios. También nos llama a crear una cultura de perdón y de misericordia.

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Saber dar espacio a Dios

III Domingo de Cuaresma

    

    Es el tercer domingo de Cuaresma. Un momento importante en el camino: se comenzaban los escrutinios de los adultos que iban a ser bautizados en la noche de Pascua. La comunidad se preguntaba sobre esos catecúmenos. Posteriormente, la comunidad preguntaba qué clase de cristiano era cada uno, qué comunidad cristiana la que entre todos se formaba.

     También nosotros necesitamos un escrutinio para revisar y examinar nuestra vida cristiana. Es una llamada a pensar, a rectificar, a purificar la manera de hacernos presentes a los demás. Una llamada a la conversión que va a volver a sonar en los dos domingos siguientes.

     Nuestra vocación, como la de Moisés, reclama saber dar espacio a Dios para descubrir su presencia que nos habla y nos interroga de muchas maneras sobre la calidad de nuestra vida de fe, el tipo de cristiano que es cada uno.

    Nuestro lenguaje no puede ser avasallador ni menos aún manipulador. Ojalá acertemos a decir algo más que palabras bien sonantes y que la calidad de nuestra vida cristiana constituya en sí misma un relato creíble para este mundo en que estamos.

        ¿Qué debe cambiar en nosotros?, ¿qué esperan los demás de cada uno de nosotros? ¿qué esperamos nosotros de la Iglesia Y ¿qué espera la Iglesia de cada uno de los que aquí estamos (….)?

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Transfigurarse para vivir

 II Domingo de Cuaresma

 

   Hoy, 2º domingo de Cuaresma, leemos el relato de la Transfiguración, como anuncio de la luz de Pascua, la luz de todo lo que es VIDA. La Transfiguración es la otra cara de la tentación: si las tentaciones prefiguran la Muerte, la Transfiguración prefigura la resurrección. Es el fundamento de nuestra esperanza. Es posible transformarnos y transformar el mundo.

     La liturgia apuesta hoy por la VIDA. Estamos llamados a descubrir VIDA, aunque no siempre los acontecimientos de cada día den pie para ello. Por encima de todas las apariencias de muerte, de caducidad, de debilidad o de pura apariencia, necesitamos descubrir vida. Esta sociedad, que de tantas maneras ensombrece el horizonte, también ofrece múltiples posibilidades nuevas, nuevas maneras de entender la cultura: derechos humanos, virtudes de la democracia, posibilidades de la ciencia y de la investigación, la realidad de la nueva Europa.

     Y estamos ante una tarea que no es fácil, pero no por ello menos importante. No nos podemos dejar colonizar por otros, necesitamos ser nosotros mismos, aunque esta opción nos lleve en algún momento a experimentar una soledad dolorosa. La opción por la VIDA, muchas veces, nos hace morir un poco. Pero justamente eso que purifica es también lo que transfigura.

     En el fondo dejarnos transfigurar es entrar de alguna manera en el conocimiento del misterio de cada día.

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Desierto: la vida pone a prueba

Domingo I de Cuaresma      

     Hoy es el primer domingo de Cuaresma. Durante la Cuaresma se suprime el Gloria y el canto del Aleluya, que no se vuelve a oír hasta la Pascua. Todo debe invitar en este tiempo fuerte de la liturgia a prestar atención a este llamada a la conversión del corazón, que tan reiteradamente se nos hace.

     Dice el Evangelio que Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto para ser tentado. La tentación no es tanto sentir la inclinación al mal, cuanto la comprobación de que la vida nos pone a prueba todos los días. Jesús fue puesto a prueba como cualquiera de nosotros y se mantuvo fiel.

     Prueba y fidelidad: aprender a vivir dentro del conflicto, saber movernos entre todo aquello que, de una manera u otra, nos tienta: al servicio de qué ponemos lo que somos o tenemos, en qué apariencias vivimos, qué dioses adoramos.

    La Cuaresma nos hace entrar en un desierto de reflexión, que con frecuencia eludimos: la Cuaresma nos pone en cuarentena, nos llama a recomponer nuestra identidad, a redescubrir nuestra fidelidad de cada día en el compromiso permanente que la fe reclama de nosotros.

      Todo el camino que conduce hasta la Pascua está todo él bordeado de llamadas a la fidelidad y a vivir la fe con rigor. Tal vez desde aquí comprendamos también el sentido del desierto en la vida de cada uno, descubriendo en el misterio y en la dificultad el espacio donde es puesta a prueba nuestra fidelidad.

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Vivir en la verdad del corazón

Domingo VIII del Tiempo ordinario

      Hoy es el domingo octavo del tiempo ordinario. Ultimo domingo antes de Cuaresma. El próximo miércoles es Miércoles de Ceniza. La Iglesia inicia así un período de cuarenta días que culmina en la Pascua.

     El Evangelio de hoy aglutina una serie de sentencias de Jesús, enseñanza sobre el amor y la manera de relacionarnos unos con otros.

     Hay una llamada seria a ser lo que se quiere ser y a ver lo que necesitamos ver, no meramente lo que nos interesa. Hemos de ser por eso gente que busca la luz y que quiere caminar en ella. Que no nos sorprenda la oscuridad, que aleja e incapacita para la verdad.

     Se nos invita a la autocrítica, a poner nombre a las cosas, a dejar de ser duros con el prójimo y ser rigurosos con nosotros mismos. Por último y una vez más, se nos llama a vivir no en la apariencia sino en la verdad del corazón, no actuando para ser vistos por otros sino situándonos sabiamente a la luz de Dios.

     Que la verdad de nuestra vida nos haga ser coherentes con el Evangelio.

 

 

 

 

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Actuar en la vida a la manera de Dios

Domingo VII del Tiempo ordinario

    Hoy es el séptimo domingo del tiempo ordinario. Si el domingo pasado leíamos las bienaventuranzas, este domingo se nos propone un horizonte exigente: actuar en la vida a la manera de Dios, que hagamos con el prójimo lo que Dios hace con cada uno de nosotros. Se trata de un modo distinto de enfocar las cosas, de responder al mal con el bien. El amor al prójimo, en particular el amor a los enemigos, ocupa el centro del programa de Jesús.

     Es éste un tema que nos da de lleno: porque toca al mundo de nuestras relaciones íntimas familiares, matrimoniales, generacionales, al mundo de nuestras ideas políticas, religiosas, al mundo de nuestros dogmatismos, al mundo de nuestras actitudes y pautas de comportamiento.

     Y se trata de que sepamos situarnos con cordura y que los planteamientos en los que nos apoyemos sean evangélicos. Lo cual no es siempre ni precisamente fácil.

     Que el perdón que buscamos en Dios, porque lo necesitamos, sepamos darlo a los demás.

 

 

 

 

 

 

 

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Bienaventuranzas: ese camino…

  VI del Tiempo ordinario

     El Evangelio de este domingo, 6º del tiempo ordinario, nos presenta la lectura de las bienaventuranzas, según San Lucas. Es un texto más breve y más incisivo, en cuanto que a cada bendición, “dichosos los pobres”, se contrapone un anatema o maldición, “ay de vosotros los ricos…”. Las bienaventuranzas son un camino que necesitamos recorrer. Las maldiciones son una llamada a que comprendamos lo equivocados que estamos tantas veces. Ahí quiere llevarnos la liturgia de este domingo y ahí quisiéramos situarnos.

     Pobreza y riqueza, hambre y hartura, llanto y alegría remiten a la vocación del discípulo-profeta. Nos hacen pensar en las actitudes con las que funcionamos, la manera como nos abrimos o nos cerramos a una fe que necesita fructificar cada día.

       La lectura del evangelio de hoy nos vuelve a llamar la atención sobre el horizonte que tenemos delante en todo lo que hacemos: si es el Reino de Dios o si únicamente nos preocupa el reino de los hombres. A estos últimos se les llama en el evangelio de hoy “falsos profetas”. Será porque puede haber “verdaderos profetas”. A esto debemos aspirar.

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Vocación: respuesta a Dios

    Domingo V del Tiempo ordinario

    Hoy es el domingo 5º del tiempo ordinario. La liturgia narra tres vocaciones: la de Isaías, la de Pablo y la de Pedro. Pero podría leerse el relato de la vocación de cada uno de los que nos encontramos aquí, en esta iglesia, esta noche. Cómo Dios se nos ha hecho presente a cada uno: la forma como la palabra de Dios se interpuso en nuestra vida, lo que cada uno ha hecho con su fe, la manera como uno ha sido llamado a protagonizar una singularidad, una alternativa a otras maneras de vivir.

     La Iglesia es la comunidad de los que se reúnen en torno a Jesús porque han oído una palabra y han dado o han ido dando respuesta a esa palabra. Y cada uno debe reconocer a la Iglesia en ese núcleo de personas que han consolidado nuestras convicciones y nos han ayudado a madurar y a crecer.

     Que nuestra vocación cristiana se acreciente al sentirnos nuevamente llamados a ser miembros vivos en una acción de solidaridad y de justicia acuciante.

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Queremos milagros; necesitamos fe

    Domingo IV del Tiempo Ordinario

     Hoy es el domingo cuarto del tiempo ordinario. Saludamos a todos con el deseo de que el Espíritu del Señor actúe en nosotros: que nos sintamos llamados a luchar, a no cansarnos de luchar en favor de la justicia, de la paz, de la tolerancia, de la solidaridad y la fraternidad.

     Hay muchas cosas que no nos gustan y otras que nos hieren en lo más profundo de nosotros: la violencia en todos sus niveles, el terror, la maledicencia, la injusticia. Por eso necesitamos la palabra profética del evangelio y la acción sanadora de Jesús en nuestras vidas y en nuestros ambientes.

     En tiempos de Jesús y en los nuestros, hay muchos que rechazan la palabra de Dios sencillamente porque molesta, porque interpela y nos saca de nuestros acomodos y rutinas.

     Necesitamos, sin embargo, esa palabra profética, necesitamos recalificar el espacio y el tono de nuestra creencia, mejorarla en calidad, necesitamos desterrar las excusas con que a menudo encubrimos la debilidad de nuestra fe. Necesitamos respuestas limpias y generosas para organizar nuestras vidas. Queremos milagros, cuando de verdad, de verdad lo que necesitamos es fe.

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