Hacer más y hablar menos

   Domingo XV del tiempo ordinario

    Estamos en el domingo decimoquinto del tiempo ordinario. Leeremos la parábola del Samaritano. El buen samaritano es Jesús que, antes que predicar la parábola, la cumplió. Todo lo demás es consecuencia.

     Hay que hacer más y hablar menos: un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y fue maltratado, robado y herido; también bajaban un sacerdote, un levita y un samaritano. Cualquiera de nosotros puede ir de camino, hacia arriba o hacia abajo, en tiempos de trabajo o en tiempo de vacación. Siempre habrá alguien a quien acercarse. Necesitamos recuperar lo más entrañable, lo más hondo de lo que es ser cristiano, la manera como vivimos y entendemos el amor: algo que a menudo se desfigura en el roce cansino de las cosas, las noticias, las sorpresas.

     La parábola que vamos a oír se ha convertido en paradigma de la misión cristiana en el mundo: sentir como propio el dolor de otros, aproximarse y liberar. Sin esto, toda religiosidad es falsa. Se plantea aquí una dura crítica contra la religión y se propone una novedad, la de amar a otro más que a uno mismo, cuando la existencia de víctimas lejanas nos excusa para no hacernos presentes, para dar un rodeo y desentendernos. No nos podemos desentender de según qué cosas ni según qué situaciones. La presencia de Dios en los que sufren, en los empobrecidos, se ha convertido en un permanente sacramento. Esto revoluciona el amor y el culto a Dios. Lo excelso, la divinidad, y lo ínfimo, el empobrecimiento, han quedado vinculados para siempre. Y este vínculo es el que da sentido a cualquier misión de liberación en la historia.

    

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Hablar al mundo, saberse situar en espacios y tiempos diferentes

    Domingo XIV del tiempo ordinario

    

      Hoy es el domingo decimocuarto del tiempo ordinario. El Evangelio habla de otros muchos que fueron enviados por Jesús con una tarea que llega hasta nosotros. Evangelizar es una tarea necesaria y difícil: se trata de hablar al mundo, dialogar con la cultura, saberse situar en espacios y tiempos diferentes.

     También el verano, como tiempo de descanso, como posibilidad de encuentro o de reencuentro con personas y ambientes distintos de los habituales. También el verano como tiempo para la conversación, para la lectura, para dedicar algo a los demás. También el verano para encontrarse cada uno con un sitio para Dios.

     La misión que hoy se nos ofrece a todos, como aquélla de los 72 discípulos, es necesaria porque el Reino necesita ser anunciado; y difícil, porque como entonces, hay gente que siembra violencia, hay espacio para el sinsentido, para lo no bien pensado, para el interés exclusivamente personal.

       Hoy, tentados por la increencia, por el individualismo y el repliegue sobre nosotros mismos, necesitamos encontrar una nueva movilidad, una creatividad que nos dinamice como discípulos convencidos de que tienen algo que hacer en el mundo.

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Ser cristiano es exigente

 Domingo XIII del Tiempo ordinario

     Hoy es el domingo décimotercero del tiempo ordinario. El Evangelio de hoy es exigente. Exigente en dos sentidos: primero,  porque nos hace ver que no estamos llamados a la revancha, a hacer que “caiga fuego” sobre las situaciones que no nos gustan, a decir que siempre son los otros los que tienen que cambiar, y, en segundo lugar, porque necesitamos comprender que el seguimiento de Jesús incluye ruptura y radicalidad.

    Sabemos que ser cristiano es exigente. También sabemos que contamos con la presencia del Señor que nos da vida, nos da fuerza y esperanza.

    Por eso estamos aquí, como cada domingo, para acertar en hacerle sitio en nuestra vida personal, familiar y social.

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Dios: amor que se hace presente y se vive

Fiesta del Corpus

    La fiesta del CORPUS es la misma que la del Jueves Santo: se conmemora la Institución de la Eucaristía, remarcando la nota de celebración gozosa. A partir del siglo XII, el CORPUS se convirtió en una gran fiesta popular. Celebramos, pues, la institución de un sacramento, que nos recuerda que somos Pueblo de Dios que camina y tiene necesidad de alimento para andar hacia adelante. La fiesta debe avivar la idea cristiana de Dios: como realidad cercana y amorosa, con quien se puede entablar amistad y confianza. Nos toca a nosotros hacer perceptible para nosotros y para los demás a Dios, como amor que se hace presente y se vive.

     La fiesta del CORPUS nos dice que somos pueblo unido, donde por este “admirable sacramento” se realiza en nosotros el don de la unidad y de la paz”. Esta es la razón por la que queremos tener más que nunca presentes a quienes más necesitan de paz y de unidad, a quienes más necesitan de nosotros. Toda celebración sacramental tiene un contenido profético: debemos sentirnos implicados en cuanto necesita mejora, arreglos y soluciones urgentes.

     Hoy, fiesta del CORPUS, CARITAS, como otros años,  extiende su mano hacia nosotros. Por esta razón, más que nunca, la colecta bajo ele lema “al encuentro de los últimos”, resalta el sentido de participación, de cercanía de Dios, de misión de cada celebración sacramental. Que durante la semana que vamos a comenzar sepamos preguntarnos qué nos queda de la Eucaristía de este domingo.

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Dios: misterio inmenso

      Fiesta de la Santísima Trinidad

     Los mejores momentos de nuestra vida cristiana están marcados por la Trinidad: todo cuanto hacemos en el nombre de Dios, todo cuanto en nosotros signifique salir conscientemente a la búsqueda de Dios, de su voluntad.

     En el nombre de la Trinidad fuimos bautizados y confirmados; en su nombre se nos da el perdón. En su nombre quisiéramos hacer todo cuanto pensamos que merece la pena.

     Dios no es misterio porque sea oscuro, sino porque es inmenso. Es la plenitud de la vida de Dios su misterio. Dios se nos ha querido mostrar hacia fuera como es hacia dentro. Si tenemos que ver con Dios, si El tiene que ver con nosotros, entonces la vida de Dios, la Trinidad, no es para nosotros un episodio carente de significado.

     No nos interesan tanto los nombres (Padre, Hijo, Espíritu), cuanto las Personas que se nos revelan: la obra de Dios continúa en el Hijo resucitado y en el Espíritu. Jesús y el Espíritu son dos, pero uno en su acción: en llevar a cabo la obra de Dios. Todo cuanto hemos celebrado en la Pascua y la función actual del Espíritu al lado de los discípulos.

     Dios es familia: familia que se construye dándose recíprocamente. Vivir al estilo de Dios pudiera ser un estímulo y un horizonte para nuestra manera mezquina de vivir. Estamos bastante lejos de ese espacio de amor que es la Trinidad y la vida de Dios. La Iglesia, familia de Dios en la tierra, la comunidad cristiana como sacramento de la unidad, el pueblo reunido en y por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

 

 

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Espíritu que impulsa y serena

Pentecostés

   Hoy celebramos Pentecostés: recapitulación y culminación de la Pascua: victoria de Jesús y presencia del Espíritu. Don de la paz, certeza de la resurrección; alegría de la fe; participación de la vida del Resucitado; liberación del mal y del pecado. Cualquier aspiración noble que quepa en nosotros tiene su explicación en el más profundo sentido de esta fiesta.

     El Espíritu de Jesús resucitado llena la tierra, nos conduce y nos hace nacer y vivir para la Iglesia. Nos hace cristianos, nos hace mirar hacia arriba y marchar hacia delante. El Espíritu nos hace contemporáneos de Jesús. Sin Él, Jesús no sería más que un muerto ilustre.

     Cuanto nos anima y empuja a vivir con un horizonte nuevo; cuanto nos hace ponernos muy por encima de nuestra pequeñez, es del Espíritu. No es del Espíritu lo que nos instala en la revancha, en la mediocridad, en el aprecio de la propia dignidad, lo que nos hace duros para olvidar, lo que empequeñece nuestra lealtad, nuestra colaboración, nuestra entrega a los demás.

     Hay que discernir, pensar y sopesar; tal es el verdadero ejercicio espiritual, al que a veces renunciamos porque nos cargamos de razones, de lógica empobrecedora, de explicaciones que a la larga acaban por cansarnos. Sin dejar apenas que sea el Espíritu el que nos clarifique, nos serene y nos impulse.

 

 

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Ascensión: nueva presencia del Señor

Fiesta de la Ascensión

     Hoy es la fiesta de la Ascensión. No es una manera de recordar una ausencia. La liturgia celebra una nueva presencia del Señor: el Señor que trabaja con los suyos y se les hace presente en la misión que cada uno desempeña. Por eso, hoy tenemos presente a la Iglesia que nace precisamente al desaparecer el Señor.

     No es fácil ser cristianos ni actuar como cristianos. Cada uno sabe su por qué y comprende que la historia y la cultura marchan en una dirección contraria a la que queremos ir como cristianos. Quizá más que nunca necesitemos descubrir los signos de que el Señor está y trabaja con nosotros.

     La fiesta de la Ascensión nos deja a las puertas de la gran celebración de Pentecostés, con que se cierra el tiempo pascual: la venida del Espíritu es la plenitud de un itinerario que empezó en la Encarnación del Hijo. Ahí culmina esa acción de Dios en la historia que llamamos historia de la salvación. Ahí empieza la Iglesia, como comunidad que no se mira a sí misma y quiere hacerse presente en la vida de los hombres y mujeres de todos los tiempos.

     Una fiesta para pensar en nuestra vocación cristiana, en la misión y en el testimonio que cada uno debe dar con su vida.

 

 

 

 

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Amar y guardar la palabra

VI Domingo de Pascua

  Hoy es el domingo 6º de Pascua. En las lecturas se nos habla de Dios, que viene a estar entre nosotros y de un Espíritu que se nos dará, que nos hace recordar y entender. Es la obra permanente de Dios en la comunidad que formamos entre todos.

  Volveremos a oír la promesa de Jesús, el don de la paz. Una paz que no es ausencia de conflicto sino presencia del Espíritu en nosotros. Necesitamos ser sensibles a ese Espíritu para trabajar por esa realidad, que tantas veces parece esfumarse: ya que lo que constatamos es una realidad social demasiado conflictiva. Los puntos de fricción, de violencia y de muerte en tantas regiones de la tierra nos hacen valorar más la paz que se nos promete y que necesitamos anhelar y construir cada día.

   Por último, queremos tener delante la imagen de Iglesia que se describe en las lecturas de hoy: una Iglesia no impositiva, atenta al Espíritu, dialogante; espacio abierto para la experiencia de Dios en nuestra vida personal y social. Iglesia compuesta por aquellos que aman y que guardan la palabra.

 

 

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Abrir a otros las puertas de la fe

V Domingo de Pascua

    Hoy es el 5º domingo de Pascua. Las lecturas nos llaman a ser signos distintivos, que abran a otros las puertas de la fe, y a que este espacio sea de verdad la morada de Dios con los hombres. Todo esto será signo de que Cristo ha vencido a la muerte.

     Vivir esta victoria es lo mismo que decir que hemos resucitado con Cristo. Pero esto da la impresión de que no se nota en el mundo. Hay aquí un desafío al que dar respuesta con nuestra vida: dar cabida, predicar y practicar eso de amar a los demás es lo que constituye la verdadera novedad de lo que es cristiano.

     Ese es el cielo nuevo, la tierra nueva, la vida nueva, de la que hablan las lecturas de hoy. Ésa es la morada de Dios con nosotros. Si eso es verdad, todo se hace más creíble. Si es verdad, podremos decir: aquí sí que está Dios. Pero la triste realidad de demasiados días y demasiadas noticias es que Dios no puede estar en muchas situaciones.

     Pero estamos viviendo la Pascua del Señor: como realidad creíble y exportable, todos hemos de hacer algo para que seamos capaces de inventar modos de vida que “abran a otros las puertas de la fe”, como dice la 1ª lectura que hoy leeremos.

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Necesitados de vida y sentido

IV Domingo de Pascua

    Hoy es el 4º domingo de Pascua. Jesús aparece como el pastor que da vida, conoce, defiende, guía y da seguridad a sus ovejas. Una alegoría que responde a la cultura de un pueblo de pastores, que llamaba a Dios su pastor, al rey su pastor y que esperaba al Mesías como buen pastor de un pueblo abandonado y sin recursos.

     Tal vez necesitemos olvidarnos de la imagen de las ovejas y el pastor y situarnos en la realidad que la imagen esconde: cada uno de nosotros, este mundo y esta sociedad, estamos necesitados de vida, de sentido, de futuro, de recursos.

     Necesitamos clarificar nuestra vida de fe, aprender a situarla en lo cotidiano, en lo que nos estimula como en lo que nos desgasta y aburre. Y descubrir ahí, en la vida, la palabra que nos llama y nos encomienda una tarea, una responsabilidad: asomarnos al misterio de las cosas, atravesar el umbral del asombro, el espacio donde encontrarnos con Dios, con la vida, con lo nuevo, con lo esperanzador.

     Esta es la razón por la que hoy se celebra una Jornada Mundial de la vocación, que no es sino la peculiaridad que encierra la palabra de Dios para la vida de cada uno.

 

 

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