Aquí está nuestro Dios

Domingo XVIII del Tiempo ordinario

     

      Este domingo, vigésimo octavo del tiempo ordinario, se nos dice que todos hemos sido invitados por Dios a participar en unas bodas y que hemos de tomar en serio esta invitación.

     Vamos a  oír al profeta Isaías: “El Señor aniquilará la muerte, enjugará las lágrimas; alejará de todo el país el oprobio del pueblo. Ese día se dirá: aquí está nuestro Dios”. Y nos preguntamos si es verdad que Dios está entre nosotros; otras veces tendremos que afirmar enérgicamente que no, que es imposible que Dios esté en muchas situaciones que vemos y que a lo mejor ayudamos a que persistan.

     Pues hay situaciones en las que Dios no puede estar: en los integrismos, en tantas formas excluyentes desde posturas políticas, desde manejos interesados, desde fundamentalismos o dogmatismos religiosos.  Y pensamos y ponemos los ojos en nuestros integrismos religiosos, en la manera sutil o ruda de excluir a muchos, porque no son de los nuestros: no piensan como nosotros, no votan como nosotros, ni siquiera leen el periódico que nosotros leemos. Pues bien, nada de esto es evangélico.

     Y ahí nos detenemos en esta Eucaristía, pidiendo y deseando que el Señor aleje el oprobio de nuestro pueblo, que enjugue las lágrimas de los que sufren, que haga crecer la alegría, que siembre de sonrisas el horizonte de incertidumbres que con frecuencia nos aterra. Que podamos decir de verdad, como el profeta: aquí está nuestro Dios.

 

 

 

 

 

 

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La viña es nuestra vida

Domingo XXVII del Tiempo Ordinario

    Hoy es el domingo vigésimo séptimo del tiempo ordinario. La parábola que hoy leemos, de los viñadores perversos, nos acerca a un tema serio: ¿qué hacemos con la viña, qué hacemos con lo que Dios ha puesto en nuestras manos? Esta parábola no encierra un cuerpo doctrinal; desemboca en un juicio, en una o muchas preguntas que cada uno debe hacerse sobre su vida y su trabajo, sobre la manera como uno se hace cargo del espacio concreto que Dios y la vida han puesto en nuestras manos.

     La dureza de la vida, las dificultades de cada uno cada día, la pérdida silenciosa de nuestra fe, el deterioro de nuestras relaciones más íntimas, que reclaman un tratamiento más generoso, más delicado y más justo; la rentabilidad social de nuestro estudio o de nuestra amistad, la rentabilidad moral de nuestra presencia en determinadas instituciones. Nada se nos ha dado para cultivar nuestra imagen. Y, sobre todo, nada se nos da en menoscabo de otro: la viña del Señor es el pueblo de Israel, la viña que necesitamos rentabilizar es nuestra vida personal y social.

     En este domingo queremos tener presentes a todos los que viven con grandes dificultades, a cuantos se les hace difícil, muy difícil, transmitir la fe a sus hijos, responder con fe a los momentos de conflicto o acertar cada día en la manera de rentabilizar socialmente su esfuerzo y el trabajo de su vida. La crisis económica que se nos ha venido encima seguramente que ha caído sobre demasiadas espaldas y va ahogar a muchos, seguramente siempre a los mismos.

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Es peligroso creerse de los buenos

Domingo XXVI del Tiempo Ordinario  

  En estos días se ha abierto el año judicial, se ha abierto en algunos niveles el año académico. Todo nos lleva a pensar o, al menos, a desear que las cosas pueden renovarse. Ojalá todos podamos poner orden en nuestras ideas y hacer por que las cosas vuelvan a empezar otra vez con esperanza.

   No basta aparecer como los oficialmente buenos, porque precisamente el evangelio de este domingo vigésimo sexto nos hace caer en la cuenta de que es peligroso creerse de los buenos, si después en la vida somos incoherentes o frívolos, orgullosos, desaprensivos o corruptos.

   La vida, y con ella el Evangelio, llama a asumir las responsabilidades, a entrar en el verdadero campo de la libertad, que es como entrar en una mayoría de edad: a entrar en el camino de la justicia, en el camino del tratamiento serio de cuanto llega a nuestras manos. Esto lo decimos pensando en los  más de 60.000 universitarios, que van a empezar su trabajo en estos días en Granada.

  Todas estas intenciones las hacemos nuestras esta noche. Y, sobre todo, queremos llevarnos muy claro el mensaje del evangelio de este domingo: las responsabilidades de nuestra vida son nuestras, de cada uno de nosotros. No valen excusas: es cada uno de los que estamos aquí quien dice “sí” o quien dice “no”.

 

 

 

 

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Vivir con más esperanza: el asombro del hallazgo

   XXIV del Tiempo ordinario

    Hoy, domingo vigésimo cuarto del tiempo ordinario, vuelve el Evangelio a ponernos ante el tema del perdón: ¿cuántas veces hay que perdonar? El problema reside en que nosotros nos cansamos de perdonar y pensamos que Dios pueda ser parecido a nosotros. Igual que decíamos el domingo pasado, hoy repetimos que se perdona desde una experiencia de Dios.

     Necesitamos experimentar lo que es Dios, para lo cual debemos comprender y saber que necesitamos el perdón de Dios en lo grande y en lo pequeño, porque fallamos en lo de cada día y en los planteamientos importantes.

     Necesitamos desarrollar las virtudes de la convivencia cristiana: abiertos al perdón y a celebrar todo lo que sean descubrimientos que llevan a vivir con más esperanza. Que donde haya odio, pongamos amor; donde haya rencor, generosidad; donde haya violencia, pongamos paz.

     Piensa en tu Dios, cesa en tu enojo, guarda los mandamientos, recuerda tu alianza. Piensa que estamos empezando un nuevo curso, piensa que no tienen futuro determinadas actitudes dentro del matrimonio, dentro de la casa, dentro del trabajo.

     Aunque no siempre sea fácil, porque le tentación es la de cerrarse en el rencor. Es claro que eso no es de Dios; porque nada es de Dios que nos esté impidiendo la alegría de vivir, la alegría del perdón y el asombro del hallazgo.

 

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Perdonar, o abrir un horizonte de creyente esperanza

Domingo XXIII del Tiempo Ordinario

  Entre este domingo vigésimo tercero y el domingo próximo, leeremos la instrucción a la comunidad cristiana sobre el perdón. Constituye el cap. 18 del evangelio de San Mateo.

  Hablar de perdón no es meramente una disciplina a la que someterse. El perdón debe ser una experiencia: cada uno deberá ir descubriendo por qué necesitamos tratar exquisitamente al prójimo, y tanto más cuanto más necesitado esté, cuantos menos recursos tenga, cuanto más pobre o más pequeño o menos poderoso sea.

  Es ésta que hoy leemos una de las páginas más originales del evangelio, como regla de vida.

  Que la Eucaristía que ahora celebramos abra para nosotros un horizonte de creyente esperanza, que nos acerque a los demás con afán de ofrecer el perdón, de salvar al hermano, de crear un espacio de reconciliación allá donde haya dos o más que se reúnen en el nombre del Señor.

 

 

 

 

 

 

 

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Miremos la historia de cada día con los ojos de Dios

Domingo XXII del Tiempo Ordinario

      Hoy es el domingo vigésimo segundo del tiempo ordinario. En estas fechas acaban las vacaciones para muchos y volvemos a retomar lo de cada día. Volvemos a poner las cosas en su sitio, los tiestos, los recuerdos, las obligaciones y las personas.

     Ojalá todo esto podamos celebrarlo en este domingo, cuando la liturgia nos llama a tomar un camino que se construye poco a poco, entre perplejidades, novedades y alguna que otra sorpresa.

     Que no nos falten ganas de vivir, ganas de ponerle de verdad nombres a las cosas. Que sepamos denunciar lo que no vemos bien, apoyar lo que con dos manos sale mejor que con una sola. Que  aprendamos a pensar con ideas de Dios,  que miremos la vida, el mundo, la historia de cada día con los ojos de Dios. Todo esto queremos llevarlo a nuestra oración en la Eucaristía de este domingo.

 

 

 

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¿Quién es Dios para mí?

Domingo XXI del Tiempo Ordinario

     A todos cuantos nos reunimos esta tarde aquí, se nos puede preguntar qué pensamos del Hijo del Hombre y quién es para nosotros Jesucristo.

     Los evangelios han nacido de esta pregunta. Pregunta que se nos hace a cada uno, a cada comunidad. Pregunta que nos debe llevar al interior de nosotros mismos, y que conecta con otras preguntas importantes: ¿quién soy yo?, ¿qué es para mí la Iglesia? ¿quién es Dios para mí?

   Lo simplemente cristiano del Cristianismo es Jesucristo, ha dicho un teólogo de nuestros días. Esto quiere decir que para cada uno de nosotros Cristo Jesús es un acontecimiento, una realidad que ha marcado nuestra historia personal y marca y orienta nuestra historia colectiva.

   La fe de cada uno vivida con un sentido profundo dará vigor a la Iglesia que entre todos formamos. Esa es la Iglesia sobre la que nos preguntamos y de la que nos habla el Evangelio de hoy.

   La liturgia de este domingo veintiuno del tiempo ordinario nos invita a orar para que el servicio de la fe, de la caridad, de la unidad y de la misión estén siempre vivos en la comunidad presidida por el Papa y los obispos.

 

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Para Dios no hay extranjeros

Domingo XX del Tiempo Ordinario

     Para Dios no hay extranjeros, ni privilegios de raza, religión o cultura. Para Dios solo hay misericordia. Este es el mensaje de la liturgia de este domingo, vigésimo del tiempo ordinario. Mensaje repetido en las lecturas y en el relato evangélico de la mujer cananea.

     Sin embargo, nosotros seguimos pensando en lo nuestro, cada uno en lo suyo, calculando preferencias y derechos adquiridos.

     La equivocación está en que eso no tiene nada de evangélico, nada de cristiano. Lo cristiano y lo evangélico está en otra dirección, porque Dios está en otra dirección y se le encuentra en otros espacios, distintos a los de nuestra mezquindad, miopía o egoísmos.

     Vamos a pedir al Señor en nuestra Eucaristía de este domingo de agosto saber ser sensibles a las injusticias que se llevan a cabo siempre que monopolizamos la verdad y la salvación.

    

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Situarse en dirección a Dios

Domingo XIX del Tiempo Ordinario 

     La liturgia de este día, domingo décimo noveno del tiempo ordinario, pone ante nosotros la vocación del profeta Elías: “sal y aguarda al Señor en el monte, porque el Señor va a pasar”. También nosotros, como Elías, necesitamos el paso del Señor.

     Y, como el profeta, nosotros necesitamos estar atentos a la Palabra de Dios que nos robustece y nos proporciona la fuerza necesaria para seguir ante tantas realidades que nos llenan de confusión y merman considerablemente nuestra esperanza.

     La equivocación está en que eso no tiene nada de evangélico, nada de cristiano. Lo cristiano y lo evangélico es situarnos en dirección a Dios, en su espacio, que no tiene nada que ver con el espacio de nuestros miedos, nuestra mezquindad o nuestros egoísmos.

 

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Dadles vosotros de comer

Domingo XVIII del Tiempo Ordinario   

  Hoy es el domingo décimo octavo del tiempo ordinario. Estamos ante un relato deslumbrante, que los evangelios lo narran hasta seis veces. La gente, el pueblo necesitado ha buscado y ha seguido a Jesús hasta aquí: una situación ante la que lo que se le ocurre a los discípulos es decir –“que despida a la gente a que se busquen de comer”, mientras que lo que Jesús dice a los discípulos es –“que les den ellos de comer”.

    Los israelitas sabían por su historia que Dios los había alimentado en el desierto, y que la acción misericordiosa de Dios siempre había estado de su parte. La comunidad que formamos todos en torno a Jesús y a su enseñanza, también es una comunidad necesitada. Necesitamos unos de otros, para dar de comer, para dar compañía o enseñanza.

     A todo esto nos acostumbra el hecho de estar aquí en este domingo participando de la misma eucaristía.

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