“No temas, no desfallezcan tus manos”

Domingo III de Adviento 

 

   Se nos llama en este tercer domingo a alegrarnos porque el Señor está cerca. Como Adviento que es, hemos de dar cabida a preguntas serias: “¿qué tenemos que hacer?”, preguntan por tres veces al Bautista. Ésta es una pregunta del Espíritu, porque nos abre a preparar el corazón al Señor que viene.

   Preguntar con seriedad es renunciar a privilegios, estar dispuestos a que de verdad el Señor nos visite. Y la mejor manera de disponer nuestra vida es abrirnos a esas obras de conversión que señala el Bautista: compartir, no ser violentos jamás, no abusar, estar atentos al más débil. Es bueno preguntar y preguntarnos, es bueno querer oír lo que necesitamos oír, no lo que nos gustaría o nos dejaría tan tranquilos. Y, sobre todo, será bueno que nuestra respuesta esté llena de verdaderas obras de conversión, algo que toque los aspectos más serios de nuestra vida personal y social.

     Adviento nos recuerda que el Señor está cerca: la memoria nos pone delante del Señor, con ánimo de encontrarlo. “El aventará en nosotros todo lo que es paja y nos hará consistentes, nos hará vivir una vida de calidad: “no temas, no desfallezcan tus manos, que el Señor vendrá a tu vida”, dice el profeta Sofonías. Esta es la razón de nuestra alegría.

 

 

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Que lo torcido se enderece

II Domingo de Adviento

  Hoy es el segundo domingo de Adviento. Se insiste en una idea central: Dios se acerca, para lo cual es necesario preparar el camino al Señor: que lo torcido se enderece, que lo escabroso se iguale.

   El Evangelio de San Lucas, que leeremos durante este año litúrgico, es el evangelio de la misericordia y la salvación de Dios. Lucas hace una filosofía de la historia en cuyo centro está Cristo, la salvación de Dios para todos los hombres. La liturgia de este domingo nos dice que Adviento es el día de Cristo, que no es una celebración más, ni un premio para los buenos: sino la ocasión de Dios, algo que ocurre en el encuentro de cada uno con Dios: una experiencia de misericordia y salvación.

     Este encuentro es el que esperamos y el que deseamos desde nuestra oración: que el Señor venga, que nos renueve, que nos encuentre preparados, atentos, capaces para captar se presencia cada día.

     Adviento nos llama a descubrir las carencias que experimentamos, el aburrimiento en el que estamos adormecidos con frecuencia. Nos llama además a llenar de contenido el mundo de nuestra fe  y a alimentar los espacios de nuestra creencia.

 

 

 

 

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ADVIENTO: Alentar el futuro

Primer Domingo de Adviento (Ciclo C)

 

     Hoy comenzamos el ADVIENTO. El encuentro de Dios con cada uno de nosotros, dejó escrito Rahner, es una gran caminata de Dios hacia nosotros. Pero si no nos movemos, no nos encontraremos con el Señor. Adviento es como recordar que esa gran caminata de Dios sigue teniendo que ver con cada uno de nosotros. Recordar esto debiera convertirse en una gran esperanza.

     Queremos redescubrir desde el Adviento una relación a Dios que se nos escapa de las manos casi continuamente, queremos que el Adviento cambie nuestras actitudes. No se trata de espiritualizar el presente sino de alentar el futuro con otras propuestas, otras esperanzas. Estamos perdidos, pero sal a nuestro encuentro. Ven Señor, no tardes. Ven, Señor Jesús.

    Todo esto es oración de Adviento, Adviento, espíritu en el que queremos entrar con la liturgia de esta primer domingo de Adviento.

 

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Lejos de un Reino triunfalista y glorioso

 CRISTO REY

  Hoy, último domingo del año litúrgico, es la Solemnidad de Cristo Rey. “Lo simplemente cristiano del Cristianismo es Jesucristo”, dejó escrito Karl Rahner. “Todo lo que une converge, todo lo que converge lleva a Cristo”, así traducía Theilard de Chardin el sentido de esta Fiesta de hoy.

   La visión de Cristo triunfador que nos proporcionan las lecturas de esta Fiesta nos debe llevar fundamentalmente a descubrir el Reino de Dios que tenemos, o que no tenemos, dentro del corazón y acabar comprometiéndonos en una tarea permanente que nos haga salir de nosotros mismos. La situación de una violencia salvaje que no respeta ni a las organizaciones humanitarias, como así mismo la realidad de tantos sin techo y sin hogar como contemplamos en nuestro mundo, excluyen cualquier consideración de un Reino triunfalista y glorioso.

    Este itinerario de fe que es el rosario de domingos de 52 semanas, y que termina en la Fiesta de hoy, debiera acabar con un examen de conciencia y una acción de gracias por cuanto hayamos descubierto en nuestra vida de fe, cuanto haya supuesto de novedad en la palabra del evangelio y en el encuentro semanal con quienes compartimos la fe y la vida.

 

 

 

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“Con él a mi derecha, no vacilaré”.

Domingo XXXIII del Tiempo ordinario 

   Hoy es el domingo trigésimo tercero del tiempo ordinario. El Señor está siempre cerca de nosotros, nos recuerda la liturgia de este domingo. Esto nos hace mirar al futuro, como realidad en la que necesitamos entrar sin temor, sino a sabiendas de que vamos haciendo un examen todos los días, en la seriedad y en la confianza de que no nos faltará el Señor, de que siempre está presente: “con él a mi derecha, no vacilaré”.

   Las lecturas nos llevan a no absolutizar lo que siempre serán realidades relativas. Y que hay que saber vivir entre las contradicciones que a todos nos afectan, porque no somos ni mejores ni peores que los demás, ni más inteligentes ni menos que los que no piensan como nosotros; y todos estamos construyendo un camino de salvación, porque tenemos cerca al Señor.

   Y saber esto es siempre una noticia gozosa, que nos llena de esperanza. Que el camino que hacemos, aun entre dificultades, es una oportunidad para encontrarnos con el Señor, porque él está siempre cerca.

    Hoy celebramos en España el día de la Iglesia diocesana. La colecta de este domingo será a esa intención.

 

 

 

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La vida en un óbolo, en un gesto

Domingo XXXII del Tiempo ordinario

     Hoy es el domingo trigésimo segundo del año litúrgico. Con el evangelio de hoy termina el ministerio público de Jesús. La lectura de hoy ha querido conservar para todas las edades donde se predique el evangelio la figura de esta pobre viuda anónima, que constituye una lección y una denuncia. La viuda del evangelio no necesitaba conocer los 613 preceptos para cumplirlos, sabía dar a Dios lo que es de Dios: en forma de dos cuartos dio toda su vida.

     Y esto nos da pie para reflexionar una vez más sobre nuestras actitudes profundas: de verdad y de coherencia ante nosotros mismos, de generosidad ante los demás y de fidelidad ante Dios y su palabra que llega a nosotros.

     También queremos hoy orar por la Iglesia que somos todos: para que su presencia en el mundo sea signo y sacramento de la unión de cada uno con Dios, signo también de la unidad de todos nosotros. Que en la sociedad y en la cultura que vivimos sea palabra y testimonio creíble.

 

 

 

 

 

 

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Más que todos los sacrificios y leyes

Domingo XXXI del Tiempo ordinario

El evangelio de este domingo trigésimo primero del tiempo ordinario nos pone ante una interpretación rigurosa y sencilla de lo que constituye la verdadera religiosidad: amar a Dios y amar al prójimo. Nos dice, además, que entender esto significa estar cerca del Reino de Dios.

El amor cristiano tiene, pues, dos direcciones. La primera es amar a Dios, dándole un lugar privilegiado en nuestra vida, en nuestra mentalidad y jerarquía de valores. La segunda es amar al prójimo y descubrir en él el valor absoluto de la persona. Esto en una lectura religiosa significa que hemos descubierto en cada prójimo un hijo de Dios.

Y seguramente que estamos de acuerdo en que esto vale más que toda la Ley y los profetas, más que todos los sacrificios y leyes. El problema está en cómo lo traducimos cada día y cómo alimentamos una permanente actitud crítica que sostenga una determinada manera de situarnos ante todo.

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Crecer en fidelidad

Domingo XXVII del Tiempo Ordinario

     Hoy es el domingo vigésimo séptimo del tiempo ordinario.

     La liturgia de este domingo nos habla del matrimonio. No es ésta una página fácil, cuando tantos matrimonios andan a la deriva y el tema de las parejas de hecho o de los compañeros sentimentales ocupan la atención permanente de los medios de comunicación social. No es fácil hablar, pero hay que hacerlo con delicadeza y con firmeza.

     Y hay que hacerlo porque el matrimonio es una pieza esencial en el planteamiento que los cristianos hagamos de la vida: algo que reclama tratar las cosas con seriedad y de acuerdo al plan de Dios. Y el plan de Dios no es siempre el nuestro, nos dice de una manera repetida el Evangelio. “Al principio no fue así” significa que hay que volver al origen, al proyecto de Dios y ahondar en él y redescubrir el sentido de la fidelidad al don que Dios les hace a los que se casan.

    Pedimos en la Eucaristía que los que están próximos a casarse acierten a  prepararse para ese don y que la sociedad favorezca ese crecimiento y esa educación. Que todos sepamos crecer en fidelidad. Algo que no es fácil, como no es fácil ser justos, ni equilibrados, ni solidarios.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Empezar de nuevo con esperanza

Domingo XXVI del Tiempo Ordinario

 Hoy es el domingo vigésimo sexto del tiempo ordinario. (…) La liturgia y la fiesta de Granada nos invitan a tomar en consideración nuestra vocación cristiana: que todos caigamos en la cuenta de que es peligroso creernos de los buenos: No somos buenos porque saquemos a la Virgen por las calles, sino que la sacamos porque queremos ser mejores personas, mejores ciudadanos, mejores cristianos.

  En estos días se ha abierto el año judicial, se está abriendo el año académico, también comienzan las actividades políticas en los Parlamentos. Todo nos lleva a pensar que las cosas pueden renovarse, pueden ser de otra manera. También nosotros podemos empezar de nuevo con esperanza.

  Queremos tener presente en nuestra oración de esta noche a todos los que ya han llegado o está llegando a Granada, para iniciar un nuevo curso académico en la Universidad. También a ellos les llama el evangelio de hoy a no escandalizar, a “profetizar”, a moverse según el Espíritu de luz y de fortaleza que el Señor les comunique.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Poner los ojos en otros

Domingo XXV del Tiempo Ordinario


    Hoy es el domingo vigésimo quinto del tiempo ordinario.

     En el evangelio Jesús anuncia por segunda vez su muerte; anuncio que los discípulos prefieren no entender y que reciben entre el miedo y la indiferencia. Jesús insiste en que son los más pequeños, los insignificantes sociales, los más vulnerables, los verdaderamente importantes en el reino de los cielos.

     Cuando los mayores creemos que los importantes somos nosotros; cuando buscamos toda clase de recursos para ser más que otros, o dominar a los demás, o sorprender y hasta abusar de los demás, Jesús insiste en que pongamos los ojos en otros, que son los preferidos de Dios: tantos maltratados por nuestra sociedad, que necesitamos tener presentes.

     Hemos construido una sociedad que sistemáticamente excluye a un número considerable de seres humanos. En tiempos de crisis, como el nuestro, esta realidad constituye un aspecto resaltable e hiriente.

 

 

 

 

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