Creer, como vivir, es ir descubriendo

  Cuarto domingo de Cuaresma

    En el cuarto domingo de Cuaresma la liturgia nos ofrece la curación de un ciego, en la forma de una catequesis bautismal. Con enorme sobriedad el Evangelio, por dos veces, nos cuenta la esencia del milagro: “Hizo barro, me lo untó, me lavé y vi”. También nos cuenta todas las dificultades que encuentra el ciego. Es una historia donde se manifiesta la obra de Dios: nuestra fe.

     El ciego puede ser cualquiera de nosotros. La fe que se confiesa puede ser la nuestra, la de cada uno. Y cada uno la puede confesar rodeada de todas sus dificultades, todas sus resistencias. Creer, como vivir, es ir descubriendo, ir confesando, afirmando, discerniendo, caminando, adorando. Cada uno sabe bien qué cosas adora, y por qué, cuando las adora, algo estalla, algo se desfigura o algo muere.

     Necesitamos situarnos en lo que es la fe: un don por el que descubrimos un significado oculto a la vida y redefinimos nuestra existencia como quien tiene un determinado destino.

     Que la fe descubierta nos lleve a una reflexión crítica, capaz de sanearnos y de llevarnos a la luz, frente a tantas formas de ceguera en que nos mantenemos.

 

 

 

 

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Jesús: agua que colma nuestra sed

Tercer domingo de Cuaresma

      Es el tercer domingo de Cuaresma. La liturgia de este y de los dos domingos siguientes ofrece tres catequesis bautismales bajo el tema del agua, de la luz y de la vida. El Evangelio que hoy leeremos es el de la Samaritana, que busca agua para beber. Jesús se presenta como el agua que colma nuestra sed.

      Cada uno como los israelitas en el desierto, se puede preguntar si Dios sigue estando entre nosotros. Esta pregunta es bueno hacérsela y hacérnosla con toda transparencia. Y que a partir de ahí, busquemos respuestas y luces para saber si estamos con Dios o hemos marginado el tema.

      A partir de este domingo tercero de Cuaresma, la comunidad cristiana comenzaba los escrutinios, preguntándose sobre los adultos que iban a ser bautizados en la noche de Pascua. Esta costumbre de preguntarse quedó en la comunidad, a manera de examen sobre la vida de cada uno y sobre la vida de la comunidad. Hay aquí una llamada a pensar, a rectificar, a purificar la manera de hacernos presentes a los demás.

            Ojalá que la calidad de nuestra vida cristiana constituya en sí misma un relato creíble para este mundo en que estamos.

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Apostar por la vida

Segundo domingo de Cuaresma

  Hoy, segundo domingo de Cuaresma, leemos el relato de la Transfiguración, que anuncia la luz de la Pascua. Aunque, de momento, lo que tenemos delante de nosotros sigue siendo un camino que muchas veces es costoso.

   La liturgia evoca la figura de Abraham, padre de todos los creyentes: la persona que dejó su casa y su parentela y salió a buscar a Dios. San Pablo dice que lo encontró como al Dios que da vida a los muertos.

   También nosotros hemos de salir o bajar de lo alto para tomarnos en serio nuestra situación actual, desenmascarando situaciones que dañan a otros.

     Salir es apostar por la VIDA, descubrir VIDA, aunque no siempre los acontecimientos de cada día faciliten esta tarea.

     No nos podemos dejar colonizar por otros, necesitamos ser nosotros mismos, aunque esta opción nos lleve en algún momento a experimentar una soledad dolorosa. La opción por la VIDA, a veces, nos hace morir un poco. Pero justamente eso que purifica es también lo que transfigura. Que significa entrar de alguna manera en el conocimiento de la Cuaresma que necesitamos vivir.

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La vida nos pone a prueba

Domingo Primero de Cuaresma

    Hoy es el primer domingo de Cuaresma. Durante la Cuaresma se suprime el Gloria y el canto del Aleluya, que no se vuelve a oír hasta la Pascua. Todo en Cuaresma llama a prestar atención al empobrecimiento de nuestra vida cristiana, que necesita luz y renovación.

     Dice el Evangelio que Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto para ser tentado. La vida nos pone a prueba todos los días. Jesús fue puesto a prueba como cualquiera de nosotros, pero se mantuvo fiel.

     Prueba y fidelidad: hay que aprender a vivir dentro del conflicto, pues la lucha contra el mal no se sitúa en un plano abstracto, sino en situaciones demoníacas de todos los días. Ahí se situó la lucha de Jesús: ése es el significado del desierto. La tentación nos hace pensar al servicio de qué ponemos lo que somos o tenemos, en qué apariencias vivimos, qué dioses adoramos.

     La Cuaresma nos llama a tomar esto en consideración, a  recomponer nuestra identidad, redescubrir nuestra fidelidad en el compromiso permanente que la fe reclama de nosotros.

     Tal vez desde aquí comprendamos mejor la llamada a la conversión que está a las puertas mismas de la Cuaresma.

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Palabras en los labios y en el corazón

  VI Domingo del Tiempo Ordinario

    El Evangelio de este domingo, 6º del tiempo ordinario, nos lleva a hacer una lectura de los mandamientos con Jesús mismo: uno no es justo porque cumpla la ley, que eso lo hacen también los fariseos; uno es justo si logra responder a las exigencias de la verdad más profunda, que se nos revela en el corazón: “la palabra está muy cerca de ti, la tienes en tus labios y en tu corazón”, dice el Deuteronomio (10,34).

     Nuestra justicia, es decir, nuestra fidelidad al plan de Dios, debe ser mayor, o mejor o diferente que la de los escribas y fariseos. Se trata de aprender a situarnos ante Dios y ante la vida con otro afán de búsqueda y de fidelidad. Descubrir esta manera de dar respuesta a Dios es sinónimo de vida; lo contrario es muerte.

     Este Evangelio es ocasión para reorientar nuestra vida según el mandamiento de Dios; tiempo para volver a Él guiados por su Espíritu; para hacer nuestra la oración del salmo que vamos a rezar hoy: “muéstrame, Señor, el camino de tu ley y lo seguiré puntualmente”.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Ser luz, ser sal

      V Domingo 5º del Tiempo Ordinario

   Hoy es el domingo 5º del tiempo ordinario. El domingo anterior leímos las bienaventuranzas; hoy, bajo dos pequeñas parábolas, se nos dice que seamos luz y sal. A medida que descubramos el valor del símbolo, más nos hará pensar nuestra vida: luminosidad, credibilidad, calidad de vida, realidad imperecedera, incorrupta…

      La Iglesia es una comunidad de testigos que tienen algo que decir y hacer dentro de la historia y que necesitan un porte y un talante con el que hacerse presente en los acontecimientos de cada día: ser luz y sal; proporcionar un nivel de calidad a nuestro entorno, revisar críticamente nuestras actitudes. Todo esto se nos quiere decir diciendo que seamos luz del mundo y sal de la tierra.

     Que nuestra vocación cristiana se afirme y se acreciente; se mejore. Que sepamos ir más allá de las convicciones y los grandes principios y entremos de lleno en el nivel de las responsabilidades acuciantes a las que nos llama el diálogo con las realidades cada día.

 

 

 

 

 

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Luz en la contradicción

La Presentación del Señor

     Hoy la liturgia de los domingos da paso a una fiesta del Señor: la Presentación en el Templo. Con esta fiesta acababa el ciclo de Navidad, se bendecían unas luces, unas candelas. Eso dio pie a que fuese conocida como la fiesta de la Candelaria.

      También en la Pascua se bendice una luz, que proviene de un fuego nuevo, la vida nueva de Cristo resucitado. Hoy la luz que se evoca es la del Espíritu, presente en Jesús, que ilumina a Simeón y Ana, y en ellos a todos nosotros, que necesitamos la luz para descubrir nuestro camino personal en la vida.

     Necesitamos penetrar los acontecimientos y descubrir en ellos la presencia del Espíritu. Lo cual no es fácil siempre: está demasiado cruzada de intereses la vida para que descubramos luz en tanta contradicción. Esto nos hace sufrir.

     Es la espada que atravesará a María, que le hace pensar que no le faltarán conflictos. Algo de esto nos quiere decir la liturgia y la fiesta de hoy. También nos avisa sobre la necesidad de poner luz en los conflictos. La luz es la de la fe, la del Espíritu. Que demos con la luz para tantas oscuridades, permanentes o transitorias, que llevemos luz a otros, que nos dejemos iluminar.

    

 

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Como horizonte, dejarnos transformar

Domingo tercero del Tiempo Ordinario 

  Hoy es el domingo tercero del tiempo ordinario. Comenzamos la lectura del Evangelio de San Mateo. Se describe el espacio geográfico donde comienza su predicación, territorio de Zabulón y Neftalí, al otro lado del mar, Galilea de los paganos: hay una llamada a la conversión que debe ser para todos una tarea permanente. Se habla también de las cuatro primeras vocaciones a la comunidad para el servicio de la misma.

    Las lecturas de hoy, de distintas maneras, nos hablan de la luz que necesitamos descubrir para vivir la buena noticia que Jesús anuncia. Se trata de un mensaje que no podemos corromper con reduccionismos ni interpretaciones sesgadas. Dejarnos transformar debe ser un horizonte que hemos de tener ante nosotros.

    Estamos en plena Semana de Oración por la Unidad de los cristianos: que todos los creemos en Cristo superemos nuestras divisiones y lleguemos a vivir la unidad de un solo cuerpo.

 

 

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Mística de ojos abiertos

II Domingo del tiempo ordinario

   Hoy es el segundo domingo del tiempo ordinario. Como si Navidad no hubiera terminado o nos costase dejarla atrás, la liturgia de hoy está aún marcada por una intención dominante: el reconocimiento explícito de Jesús como Mesías Salvador. Juan dice de Jesús que es el que quita el pecado del mundo, que es luz para los pueblos y nos trae el Espíritu. La fe de cada uno reclama una respuesta a esta presencia de Jesús. Reclamamos una mística de ojos abiertos, y aprender a vivir juntos y a ser humanos.

    La Iglesia tiene argumentos en su propia tradición, argumentos de esperanza, de sabiduría y de compasión para que seamos los cristianos humanamente lúcidos y cristianamente honrados en un mundo donde hay un pecado que quitar o que desterrar.

     En esta Semana próxima las Iglesias de todo el mundo inician una semana de oración por la Unidad de los cristianos. Siempre, y más en estos días de oración, el Ecumenismo debe ser ocasión para pensar en la responsabilidad de ese pecado de división que afecta a todas las Iglesias que creen en Cristo. En este domingo, además, la Iglesia pone ante nosotros el tema importante de la emigración.

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Posibilidades y esperanzas nuevas

Bautismo del Señor

Con la Fiesta de hoy se cierra la liturgia de Navidad. En la liturgia y en la primera predicación cristiana tuvo el Bautismo del Señor un notable relieve: Jesús se mezcla en el itinerario de un pueblo que necesita y pide la conversión. Con ello manifestaba su comunión con el Padre y con todos los hombres y mujeres de la historia. Este es el significado de las palabras que hoy oiremos: que se cumpla toda justicia.

     El relato evangélico de hoy vuelve a ser una epifanía, una manifestación de Dios: Jesús es la Palabra de Dios que hay que oír; y Jesús posee y se mueve por el Espíritu. Palabra, que significa algo que está en el origen de todo, que nos interroga y nos transforma. Y Espíritu, que es el que impulsa y renueva todo.

     Tal vez todo esto tenga que ver con Año Nuevo: cuando se nos pone delante un año casi sin estrenar, se nos dice que todos los deseos legítimos que lleven consigo renovación, posibilidades nuevas, nuevas esperanzas, todo tiene que ver con esta fiesta y con estas fechas de comienzo de año.

     Que Jesús se bautiza significa que se inserta en un movimiento de conversión. Jesús no necesita conversión; nosotros, sí. Por eso, el bautismo de Jesús nos recuerda el nuestro, y la necesidad que tenemos de marcar nuestra vida de un modo nuevo, de unas opciones nuevas, renovadoras, ilusionantes, comprometidas.

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