Moverse según el Espíritu de luz y de fortaleza

Domingo XXVI del Tiempo Ordinario

Hoy es el domingo vigésimo sexto del tiempo ordinario. (…) La liturgia y la fiesta de Granada nos invitan a tomar en consideración nuestra vocación cristiana: que todos caigamos en la cuenta de que es peligroso creernos de los buenos: No somos buenos porque saquemos a la Virgen por las calles, sino que la sacamos porque queremos ser mejores personas, mejores ciudadanos, mejores cristianos.

En estos días se ha abierto el año judicial, se está abriendo el año académico, también comienzan las actividades políticas en los Parlamentos. Todo nos lleva a pensar que las cosas pueden renovarse, pueden ser de otra manera. También nosotros podemos empezar de nuevo con esperanza.

     Queremos tener presente en nuestra oración de esta noche a todos los que ya han llegado o están llegando a Granada para iniciar un nuevo curso académico en la Universidad. También a ellos les llama el Evangelio de hoy a no escandalizar, a “profetizar”, a moverse según el Espíritu de luz y de fortaleza que el Señor les comunique.

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Los insignificantes son los que importan

Domingo XXV del Tiempo Ordinario

Hoy es el domingo vigésimo quinto del tiempo ordinario.

En el evangelio, Jesús anuncia por segunda vez su muerte; anuncio que los discípulos prefieren no entender y que reciben entre el miedo y la indiferencia. Jesús insiste en que son los más pequeños, los insignificantes sociales, los más vulnerables, los verdaderamente importantes en el reino de los cielos.

Cuando los mayores creemos que los importantes somos nosotros; cuando buscamos toda clase de recursos para ser más que otros, o dominar a los demás, o sorprender y hasta abusar de los demás, Jesús insiste en que pongamos los ojos en otros, que son los preferidos de Dios: tantos maltratados por nuestra sociedad, que necesitamos tener presentes.

Hemos construido una sociedad que sistemáticamente excluye a un número considerable de seres humanos. En tiempos de crisis como el nuestro, esta realidad constituye un aspecto resaltable e hiriente.

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Dios nos salva en el misterio

Domingo vigésimo cuarto del Tiempo Ordinario

Hoy es el domingo vigésimo cuarto del tiempo ordinario. El Evangelio nos ofrece dos temas importantes: ¿de qué te sirve decir que tenemos fe si después nuestra vida está llena de incoherencias? El otro tema es la pregunta que Jesús hace a los suyos: ¿Qué piensa la gente y qué pensamos cada uno de nosotros de Jesús?

     Ir descubriendo respuesta a estos temas nos resulta a veces una tarea difícil. Entender el sentido de la adhesión a la fe, aprender a movernos en el conflicto, no es desde luego tarea fácil.

     Isaías dice que Jesús personifica el fracaso, el fracaso aparente, ya que Dios está siempre con él, en su humillación y en su sufrimiento. Jesús ha estado en la cruz, en los arrabales de las grandes ciudades, en los arrabales de la historia; ha llegado a lo más bajo, a lo que no se entiende, a todo aquello ante lo que preferimos volver la cara.

     Y ahí, en ese espacio lleno de contradicciones, es donde Dios nos salva: así lo vio la primera comunidad, la que leyó el evangelio más antiguo. Y descubrió que había salvación, vida y esperanza en el misterio.

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Abrir los oídos del corazón

Domingo XXIII del Tiempo Ordinario

“Sed fuertes, no temáis”: ese es el mensaje del profeta Isaías para este domingo vigésimo tercero del tiempo ordinario. Es evidente que necesitamos fortaleza, como así mismo desvanecer los miedos que ensombrecen la existencia de tantos contemporáneos nuestros.

     Que la Eucaristía que ahora celebramos abra los oídos de nuestro corazón para acoger la palabra de Dios y acertar llevándola a la vida. Que abra también nuestros oídos para oír la realidad que nos ha tocado vivir y no andar “haciéndonos el sordo” ante los problemas y sufrimientos de este mundo.

Que se nos abra a todos un horizonte de creyente esperanza, que nos acerque a los demás desinteresadamente; que seamos capaces de salvar a otros, de crear solidaridad, espacios de acogida, de sonrisa y de paz; que sepamos destruir los muros de la incomunicación y de la soledad de tantos haciendo posible, con signos creíbles y expresivos, espacios de reconciliación desde actitudes de buena voluntad. Sabemos de más que entonces el Señor se hará presente entre nosotros.

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Construye el camino desde dentro, desde lo más profundo 

Domingo vigésimo segundo del tiempo ordinario

Hoy es el domingo vigésimo segundo del tiempo ordinario y último de agosto. Mañana muchos volverán a su trabajo habitual. Esta fecha es importante porque significa el final de un tiempo más disperso: tiempo de vacación, que ojalá haya sido de descanso. Con septiembre volvemos a poner las cosas en su sitio, los tiestos, los recuerdos, las obligaciones, las personas.

    Es una actitud profundamente religiosa celebrar en la fe la vuelta al trabajo, a la normalidad del trabajo. Y, precisamente en este domingo, cuando la liturgia nos llama a tomar un camino que se construye desde dentro, desde lo más profundo de cada uno.

     Que no nos falten ganas de vivir, ganas de ponerle de verdad nombres a las cosas. Que sepamos denunciar lo que no vemos bien, apoyar lo que con dos manos sale mejor que con una sola. Que valoremos el terreno que hemos de pisar cada día, aun a pesar de las dificultades que nos sobrevengan. Que si tenemos algo importante que decir o que hacer, encontremos personas para llevar adelante lo proyectado y palabras eficaces para que la verdad resplandezca donde sea menester.

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Dios está en otra dirección

Domingo XIX del tiempo ordinario

La liturgia de este día, domingo décimo noveno del tiempo ordinario, pone ante nosotros la crisis del profeta Elías, que se siente cansado y agobiado: “Basta ya, Señor, quítame la vida, que yo no sirvo para esto”. La crisis de Elías puede ser la de cada uno de nosotros.

     Y como el profeta, nosotros necesitamos estar atentos a la Palabra de Dios, que nos robustece y nos proporciona la fuerza necesaria para seguir caminando y luchando. Este es el mensaje de la liturgia de este domingo, pero nosotros seguimos en lo nuestro, cada uno en lo suyo, calculando preferencias, derechos adquiridos en función de no sabemos qué títulos, pero así es. Lo nuestro es lo verdaderamente importante y punto.

     La equivocación está en que eso no tiene nada de evangélico, nada de cristiano. Lo cristiano y lo evangélico está en otra dirección, porque Dios está en otra dirección y se le encuentra en otros espacios, distintos a los de nuestra mezquindad, miopía o egoísmos. Y, por eso precisamente, Dios nos sorprende: porque encontramos las fuerzas para vivir donde menos suponíamos que podrían estar. Como encontramos una verdadera razón para darle gracias, cuando pensábamos que Dios se había olvidado de nosotros.

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Buscar el alimento que perdura

     Domingo décimo octavo del Tiempo Ordinario

Hoy es el domingo décimo octavo del tiempo ordinario. El milagro de los panes que leíamos el domingo pasado introduce el discurso del “Pan de Vida”, que iremos leyendo durante todo el mes de agosto. De muchas maneras se nos dirá que debemos comer siempre este pan. Pero este pan es Cristo, que es el único y verdadero pan de vida.

     Avisa el Evangelio que busquemos a Cristo porque lo necesitamos para la vida de cada día. También se nos avisa que trabajemos por buscar ese alimento que perdura, que nos hace fuertes. Y que la verdadera obra de Dios es precisamente la fe con que acudamos al Hijo, que para eso lo ha enviado el Padre.

     Hay en el mundo demasiados problemas, lo que oscurece a menudo nuestra fe. Necesitamos por eso ese pan de vida eterna, del que habla reiteradamente este evangelio.

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Dar de comer, dar compañía, darse

Hoy es el domingo décimo séptimo del tiempo ordinario. Estamos ante un relato deslumbrante, que los evangelios lo narran hasta seis veces. Lo seguía mucha gente, dice el texto que leeremos. El pueblo lo busca y lo sigue hasta aquí. Jesús quiere tantear la disposición de los discípulos: “¿Con qué compraremos panes para dar de comer a tantos?

Lo que se les ocurre a los discípulos no tiene nada que ver con lo que Jesús lleva en la cabeza. Él quiere dar de comer a tanta gente necesitada.

     Los israelitas sabían por su historia que Dios lo s había alimentado en el desierto, y que la acción misericordiosa de Dios siempre había estado de su parte. La comunidad que formamos todos en torno a Jesús y a su enseñanza, también es una comunidad necesitada. Necesitamos unos de otros, para dar de comer, para dar compañía o enseñanza.

A todo esto nos acostumbra el hecho de estar aquí en este domingo participando de la misma eucaristía.

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Descansar para ir después a la vida con ánimo renovado

Domingo XVI del Tiempo Ordinario

Hoy es el domingo decimosexto del tiempo ordinario. El Evangelio del domingo pasado nos llamaba al compromiso en la misión, en el trabajo. El Evangelio de hoy nos llama a descansar después del trabajo. Es un evangelio para los días de vacaciones: “Venid y descansad un poco; y es que eran tantos los que iban y venían que no tenían tiempo ni para comer”.

Se nos invita a descansar para saber ir después a la vida con el ánimo renovado y en mejor disposición para llegar al fondo de las complejidades, al punto exacto donde otros nos esperan, a encontrar la luz necesaria para nosotros y para otros, cada vez que la realidad se ensombrece y nuestro corazón se llena de perplejidad o de miedos.

Hoy necesitamos acudir a la Eucaristía con la confianza que nos da la palabra del Evangelio, sabiendo que el mismo Dios que encomienda al hombre el trabajo de la creación es el que quiere para todos los hombres y mujeres el descanso y la fiesta.

Con este espíritu comenzamos la celebración buscando en este espacio la fuerza y la esperanza que todos necesitamos. Y deseando que el tiempo y el lugar de vacaciones sea para todos espacio y ocasión para nuestro encuentro con Dios y espacio y ocasión para un sabroso encuentro con nuestro prójimo.

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Descubrir a Dios en lo cotidiano y en lo sencillo

Domingo XIV del Tiempo Ordinario

Hoy es el domingo decimocuarto del tiempo ordinario. Las lecturas de hoy tienen mucho que ver con la manera desmayada y tibia de vivir la fe en nuestra sociedad.

     Hay un predominio cultural de increencia que desafía seriamente a nuestra fe. La fe se nos tambalea y entonces se nos amontonan las preguntas y la desconfianza. Igual que en tiempos de Jesús o que en tiempos del profeta Ezequiel.

     Jesús se quejó de la falta de fe de sus paisanos. Habría que indagar en las razones de aquella falta de fe y descubrir cómo esta enfermedad persiste hoy entre nosotros, veinte siglos después. Hay una increencia cultural en una sociedad que se confiesa mayoritariamente creyente. Esa increencia está retratada en un mundo de intereses mezquinos, en una escasa sensibilidad para descubrir a Dios en lo cotidiano y en lo sencillo. Hay que descubrir que Dios se nos puede hacer presente en el vecino de al lado. A aquellos paisanos de Jesús le sorprendía que el carpintero de al lado hablara de Dios y de la ley y del templo como hablaba Jesús.

     El Evangelio deja abierta muchas preguntas y debiéramos reconocernos y sintonizar con algunas de ellas.

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