Posibilidades y esperanzas nuevas

Bautismo del Señor

Con la Fiesta de hoy se cierra la liturgia de Navidad. En la liturgia y en la primera predicación cristiana tuvo el Bautismo del Señor un notable relieve: Jesús se mezcla en el itinerario de un pueblo que necesita y pide la conversión. Con ello manifestaba su comunión con el Padre y con todos los hombres y mujeres de la historia. Este es el significado de las palabras que hoy oiremos: que se cumpla toda justicia.

     El relato evangélico de hoy vuelve a ser una epifanía, una manifestación de Dios: Jesús es la Palabra de Dios que hay que oír; y Jesús posee y se mueve por el Espíritu. Palabra, que significa algo que está en el origen de todo, que nos interroga y nos transforma. Y Espíritu, que es el que impulsa y renueva todo.

     Tal vez todo esto tenga que ver con Año Nuevo: cuando se nos pone delante un año casi sin estrenar, se nos dice que todos los deseos legítimos que lleven consigo renovación, posibilidades nuevas, nuevas esperanzas, todo tiene que ver con esta fiesta y con estas fechas de comienzo de año.

     Que Jesús se bautiza significa que se inserta en un movimiento de conversión. Jesús no necesita conversión; nosotros, sí. Por eso, el bautismo de Jesús nos recuerda el nuestro, y la necesidad que tenemos de marcar nuestra vida de un modo nuevo, de unas opciones nuevas, renovadoras, ilusionantes, comprometidas.

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Epifanía: la necesidad de vivir alertas a Dios y los demás

Epifanía del Señor

En primer lugar, hoy día de Reyes, queremos tener un recuerdo para todos los niños del mundo: los niños abandonados, los maltratados, los utilizados; los niños mimados. Que la fiesta de hoy nos haga pensar si los niños son para nosotros un lujo o una verdadera responsabilidad. Que pensemos para ellos un mundo más equilibrado, mejor repartido, más proporcionado.

     Pero Epifanía tiene un sentido más profundo que el popular día de Reyes: es la manifestación de la salvación de Dios para todos los pueblos: los paganos, dice Pablo, son como nosotros herederos de todas las promesas. Por eso, nadie puede poner la etiqueta de “cristiano”, con carácter de exclusividad, a sus ideas, o a sus maneras de entender las cosas. La salvación de Dios es para todos los hombres.

     Por último, Epifanía, una vez más, nos recuerda la necesidad de vivir alertas, atentos a las manifestaciones de Dios en el quehacer permanente.

     Con esta Fiesta de Reyes acaban unos días de descanso para muchos. Ojalá que estos días nos hayan hecho mejores personas y nos hayamos facilitado conocer mejor a los demás. Que el trabajo que volvemos a tomar nos incorpore a esa tarea permanente de mejorar y mejorarnos, de poner esperanza donde no la haya y generar amor y cercanía en tantos como por diversas razones se encuentran solos.

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Familia: espacio y ocasiones para acercarse a Dios

Fiesta de la Sagrada Familia

Hoy se celebra la Fiesta de la SAGRADA FAMILIA, dentro de la liturgia de la Navidad. Jesús vive su crecimiento en una familia, que impone en torno a sí el silencio y la atención a Dios, al vivir muy pronto y muy dramáticamente el misterio.

     No defendemos el Evangelio si defendemos un modelo de familia que nada tenga que ver con el Evangelio. La familia que habíamos heredado tiene poco que ver con la actual, donde la mujer trabaja, los hijos encuentran dificultades para encontrar su primer trabajo; se alarga la permanencia de los jóvenes en el hogar. Quizá porque encontremos más dificultades que en otras épocas tengamos también más ocasiones para acercarnos respetuosamente al plan de Dios sobre cada uno. Quizá sea esto lo que nos falte y lo que más echemos de menos. Quizá sea esto lo que haya que poner en primer lugar en nuestra oración de esta noche.

Hoy se celebra la Fiesta de la SAGRADA FAMILIA dentro de la liturgia de la Navidad. Jesús vive su crecimiento en una familia, que impone en torno a sí el silencio y la atención a Dios, al vivir muy pronto y muy dramáticamente el misterio.

     No defendemos el Evangelio si defendemos un modelo de familia que nada tenga que ver con el Evangelio. La familia que habíamos heredado tiene poco que ver con la actual, donde la mujer trabaja, los hijos encuentran dificultades para encontrar su primer trabajo; se alarga la permanencia de los jóvenes en el hogar. Quizá porque encontremos más dificultades que en otras épocas tengamos también más ocasiones para acercarnos respetuosamente al plan de Dios sobre cada uno. Quizá sea esto lo que nos falte y lo que más echemos de menos. Quizá sea esto lo que haya que poner en primer lugar en nuestra oración de esta noche.

     La forma de atender a los mayores, el modo de acompañar el crecimiento de los hijos, desde el respeto y el diálogo, la manera de sostener el espacio del perdón y del estímulo permanente, la forma de saber apreciar lo verdaderamente importante, muy por encima de tantas realidades como se absolutizan todos los días y que tan poco tienen que ver con el plan de Dios sobre jóvenes y mayores.

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Confiarnos a las manos de Dios

Domingo de Adviento

Hoy es el 4º Domingo de Adviento. Las lecturas apuntan al nacimiento de Jesús, ya tan cercano. Leemos el relato de la Encarnación y del nacimiento de Jesús, según el evangelio de San Mateo. La figura de José adquiere en este relato una singular importancia.

La liturgia pretende ayudarnos a profundizar en nuestras esperanzas, que tienen que ver con el sentido más profundo de la Navidad, a condición de que nuestras esperanzas no sean banalidades. Es tiempo éste para  saber cómo Dios se nos hace presente, aun cuando a veces la manera cómo Dios se nos acerca y se nos muestra esté llena de misterio. Hay que entrar en el misterio como José, dejar de tener en las manos todas las llaves de nuestro pequeño mundo personal y confiarnos a las manos de Dios.

   Que la Navidad que vamos a vivir nos ayude a buscar la presencia y la fuerza del Señor en nuestra vida de cada día.

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Adviento: desbrozar cauces nuevos

Tercer domingo de Adviento

Hoy es el tercer domingo de Adviento. El Señor está más cerca; se nos anima, por eso, a celebrar la Navidad con alegría desbordante. Hemos de preparar los caminos al Señor y cuestionar aspectos importantes de nuestra vida personal y social. Hemos de decir y decirnos si esperamos una salvación distinta de la que trae Jesús. Estas son preguntas importantes porque nos abren a lo que nos viene del Señor, del Señor a quien queremos preparar el camino.

     Sí que sería bueno que nos dijéramos qué realidades importantes esperamos, qué cosas mueven nuestra vida. Necesitamos comprender que sigue habiendo precursores de la presencia de Dios: cada generación, cada etapa abre un boquete para ensanchar el horizonte y revitalizar así nuestra vida de fe y de esperanza. Que todo eso es el Adviento que necesitamos vivir y en que necesitamos situarnos. Abrir los ojos y los oídos y dejarnos envolver en una luz que nos salve y nos encamine.

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Inmaculada: acoger hondamente la palabra de Dios

Fiesta de la Inmaculada

Hoy es la fiesta de la Inmaculada. La fiesta más popular de la Virgen, aunque no siempre la mejor entendida. Inmaculada quiere decir que Dios la pensó sin pecado, y que el pecado no la rozó siquiera. Así lo definió en 1854 Pío IX, y lo ha creído y confesado siempre la Iglesia. Curiosamente, desde siempre, la fe de la Iglesia llamó “inmaculada” a una actitud interior, la de quien acoge hondamente la palabra de Dios en su vida: todo esto quiere decir que Dios transformó su mundo interior de tal modo que esto la hizo situarse de una manera diferente ante Dios y ante las cosas.

María se tomó absolutamente en serio la palabra de Dios: se dejó interrogar por esa palabra y la acogió. Por eso, la Virgen vivió su adviento, como cualquiera de nosotros, y salió como cualquiera de nosotros al encuentro de la palabra de Dios, al encuentro del Señor. Y el Señor la colmó de su gracia. Esto queremos decir cuando decimos llena de gracia.

Situar esta fiesta de la Inmaculada en el marco del Adviento, como fiesta de la santidad, de la plenitud de la gracia, como don e iniciativa de Dios, como palabra que envuelve y que transforma. Situar esta fiesta en Adviento significa que salimos al encuentro de la palabra de Dios en nuestra vida personal. De esta manera, la fiesta de la Inmaculada tiene que ver con todos, pues todos necesitamos vivir el Adviento, y comprender que esa realidad que es la historia del pecado tiene que ver con la historia personal de cada uno.

Que lo que hoy conmemoramos nos haga cercanos a la palabra de Dios y alegres por la cercanía de Dios en nuestra vida.

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Adviento: alentar el futuro con esperanzas nuevas

I Domingo de Adviento

Hoy comienza el ADVIENTO y con él el año litúrgico. Y comienza mirando al Nacimiento del Hijo que vendrá, que viene, que está para llegar. El Hijo, el Señor Jesús, es el que salva. Y el que salva es el que viene. La oración más antigua de la comunidad cristiana estaba formulada precisamente en estos términos. “Marahnata. Ven, Señor Jesús”.

     La esperanza cristiana está apoyada en esa fe en el Señor que viene. Por eso, el Adviento pretende que nos situemos en el deseo  de una esperanza gozosa, segura y exigente. Exigente porque nos llama a estar vigilantes y a dar de lado a cuanto haga difícil advertir la presencia del Señor en nuestra vida.

     El encuentro de Dios con cada uno de nosotros, dejó escrito Rahner, es una gran caminata de Dios hacia nosotros. Pero, si no nos movemos, no nos encontraremos con el Señor. Adviento es como recordar que esa gran caminata de Dios sigue teniendo que ver con cada uno. Esto debiera convertirse en una gran esperanza.

     Queremos redescubrir desde el Adviento una relación a Dios que se nos escapa de las manos casi continuamente: que el Adviento cambie nuestras actitudes. No buscamos espiritualizar el presente sino alentar el futuro con otras propuestas, otras esperanzas. Estamos perdidos, pero sal a nuestro encuentro, Señor; ven, no tardes. Ven, Señor Jesús.

     Todo esto es oración de Adviento, espíritu en el que queremos entrar con la liturgia del primer domingo de Adviento.

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Una cruz que reina y salva

Solemnidad de Cristo Rey

Hoy es la Solemnidad de Cristo Rey, último domingo del año litúrgico. Las cincuenta y dos semanas del año apuntan a la realidad de Jesucristo: lo más original, lo más sorprendente: la realeza de Cristo la enmarca la liturgia de este domingo en la cruz. Jesucristo crucificado es el rey, el único que salva.

     A lo largo de todo el año, hemos acompañado a Cristo, siguiendo el evangelio de San Lucas: hemos andado un camino, hemos dialogado con Cristo, nos hemos visto interrogados, llamados, curados o perdonados. Hemos comprobado en más de una ocasión que no es fácil ser cristiano, que no es fácil la denuncia de la injusticia, que no es fácil confesar o transmitir la fe, la adhesión a la verdad o la firmeza de la esperanza.

     Nos reconforta la visión de Cristo que presenta San Pablo “haciendo la paz con la sangre de su cruz”. Por tres veces oiremos en el evangelio de hoy que se le dice a Cristo que baje de la cruz, que se salve a sí mismo, que haga un signo de poder en su favor. Todo este lenguaje, todo ese show no tiene nada que ver con Jesús ni con lo que debe ser el cristiano.

     Debiéramos acabar el año litúrgico con un examen de conciencia y una acción de gracias por todo cuanto hayamos descubierto en nuestra vida de fe, cuanto haya supuesto de novedad para nuestra vida la palabra del evangelio que hemos oído o nuestro encuentro semanal en el Templo del Señor.

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La vida eterna: una esperanza que apunta también al “más acá”

Domingo XXXII del Tiempo ordinario

Hoy es el domingo trigésimo segundo del tiempo ordinario. La historia de los Macabeos y, sobre todo, la lectura evangélica, nos ponen ante el tema de la resurrección. Una manera de entender nuestro futuro y nuestro presente. La vida eterna en la que creemos no es una ciencia explicable, sino una esperanza que nos sostiene y nos hace vivir de otra manera. Con más profundidad.

Dios es amigo de la vida, tanto que nos da la oportunidad de vivirla con absoluta seriedad y firmeza. Nuestra libertad, lo mejor que hay en nosotros, nos hace aptos para responder con fidelidad a lo que Dios mismo pone en nuestras manos.

Nuestras fidelidades van creando la semilla de inmortalidad, que tendrá su fruto plenamente en la vida eterna. Cuando decimos que creemos en la vida eterna, no apuntamos sólo al más allá, sino que comprendemos nuestra vida actual con otras categorías.

La liturgia de hoy nos llama a tomar en serio todo cuanto acontece a nuestro alrededor, a esforzarnos por hacer nuestra vida más humana, más digna, más solidaria. Por eso, en este domingo nuestra intención es poner nuestros ojos en todas las necesidades de este mundo que nos rodea.

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Deseo de ver y reparar daños

XXXI del Tiempo Ordinario

Hoy es el domingo trigésimo primero del tiempo ordinario. La liturgia de este domingo pone ante nosotros una imagen de Dios perdonador, el Señor amigo de la vida.

Como hace dos mil años, Jesús pasa en medio de nosotros y mantiene un diálogo con cada uno, como hizo hace tiempo con Zaqueo. Zaqueo representa todo lo que encierra el concepto evangélico de la conversión. Cada uno de nosotros deberíamos manifestar nuestro deseo de ver, de encontrarnos en la vida con el Señor, de estar dispuestos a restituir el daño que hayamos podido hacer a otros.

Que, como Zaqueo, podamos experimentar que la salvación se nos ha metido por las puertas de nuestra casa, que las cosas pueden llegar a ser de otra manera, que podemos rehacer nuestra vida y mirar con más confianza el futuro.

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