Corpus: respuesta de vida, anhelo y compromiso

Corpus

La fiesta del CORPUS es la misma que la del Jueves Santo: se conmemora la Institución de la Eucaristía. Pero quiere marcar la nota de celebración gozosa. Precisamente, por eso, se sacaba a la calle el Sacramento en procesión. A partir del siglo XII, la fiesta del CORPUS se convirtió en una gran fiesta popular. Celebramos, pues, la institución de un sacramento, que nos recuerda que somos Pueblo de Dios, que camina y tiene necesidad de alimento para andar hacia adelante.

     La fiesta del CORPUS nos recuerda que somos pueblo unido o pueblo que debiera estar unido, precisamente porque todos nos sentimos más de una vez necesitados. Esta es la razón por la que queremos tener, más que nunca, presentes a quienes más necesitan de nosotros. Toda celebración sacramental tiene un contenido profético. Implica por ello una respuesta de vida, un anhelo y un compromiso entre los presentes.

     La fiesta del CORPUS es la fiesta de la caridad, la fiesta de CARITAS, tan presente para muchos en estos tiempos de crisis. Por esta razón, la colecta resalta el sentido de participación, de compromiso y de misión de cada celebración sacramental. También de la misa de los domingos. Que durante la semana que vamos a comenzar sepamos preguntarnos ¿qué nos queda cada día de la Eucaristía de cada domingo?

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La fiesta de la vida de Dios, misterio inmenso

     Hoy es la Solemnidad de la Santísima Trinidad, la fiesta de la vida de Dios, a quien hemos conocido por medio de Jesús y que está dentro de nosotros por su Espíritu. En el nombre de la Trinidad fuimos bautizados y confirmados; en su nombre se nos da el perdón. En su nombre quisiéramos hacer todo cuanto en nosotros creemos que merece la pena.

     Dios no es misterio porque sea oscuro, sino porque es inmenso. Dios se nos ha querido mostrar hacia fuera como es hacia dentro. Si tenemos que ver con Dios, si Él tiene que ver con nosotros, entonces la vida de Dios, la Trinidad, no es para nosotros un episodio carente de significado.

     Más que los nombres (Padre, Hijo, Espíritu), nos interesan las Personas que se nos revelan: la manera cómo actúa el Padre, la comunicación y la entrega del Hijo, y el don renovador del Espíritu.

     La Fiesta de la Trinidad es la fiesta de la gran familia que es Dios, familia que se construye dándose recíprocamente. Esta, que es la historia de Dios, no es precisamente la historia de la familia humana, que hemos de reconocer que no ha sido una familia bien avenida. Estamos bastante lejos de ese espacio de amor que es la Trinidad y la vida de Dios.

     En la Fiesta de la Trinidad la liturgia nos invita a tener actitudes de adoración, de alabanza y de acción de gracias. Da la impresión de que esta sociedad nuestra no deja tiempo para ello. Hoy se nos recuerda la vida de tantos contemplativos y contemplativas que han hecho de sus vidas un servicio de adoración y de alabanza.

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Espíritu: don de la paz, certeza de la resurrección, alegría de la fe

Hoy celebramos Pentecostés: recapitulación y culminación de la Pascua: victoria de Jesús y presencia del Espíritu. Don de la paz, certeza de la resurrección; alegría de la fe; participación de la vida del Resucitado; liberación del mal y del pecado. Cualquier aspiración noble que quepa en nosotros tiene su explicación en el más profundo sentido de esta fiesta.

     El Espíritu de Jesús resucitado llena la tierra, nos conduce y nos hace nacer y vivir para la Iglesia. Nos hace cristianos, nos hace mirar hacia arriba y marchar hacia delante. El Espíritu nos hace contemporáneos de Jesús; sin Él Jesús no sería más que un muerto ilustre.

Cuanto nos anima y empuja a vivir con un horizonte nuevo; cuanto nos hace ponernos muy por encima de nuestra pequeñez, es del Espíritu. No es del Espíritu lo que nos instala en la revancha, en la mediocridad, en el aprecio de la propia dignidad, lo que nos hace duros para olvidar, lo que empequeñece nuestra lealtad, nuestra colaboración, nuestra entrega a los demás.

     Hay que discernir, pensar y sopesar; tal es el verdadero ejercicio espiritual, al que a veces renunciamos porque nos cargamos de razones, de lógica empobrecedora, de explicaciones que, a la larga, acaban por cansarnos, sin dejar apenas que sea el Espíritu el que nos clarifique, nos serene y nos impulse.

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Generar amistad y cercanía

  VI Domingo de Pascua

Hoy es el domingo 6º de Pascua. En la liturgia de este domingo llaman la atención dos ideas: una, que Dios no hace distinciones y por eso “el Espíritu Santo se derrama también sobre los  paganos”, cosa que sorprendió a Pedro, y a nosotros nos debiera llevar a pensar en nuestros exclusivismos religiosos. Y la otra idea es la llamada a la amistad y a pensar otra vez en nuestros exclusivismos y nuestras preferencias.

     En el Evangelio de hoy Jesús dice que Él es nuestro amigo y que nos ha elegido para que hagamos algo distinto. Esto nos lleva a pensar en qué proyecto de vida nos vemos envueltos, a quién o a quiénes nos sentimos vinculados, de quién sabemos algo y de quién o de quiénes pasamos totalmente. ¿Quiénes son de verdad nuestros amigos?

     Amar y darse a los demás no es quitarse de en medio en los conflictos, ni pretender ser el puro en medio de las impurezas. Cada cual ha de descubrir cuál es su misión en el mundo y, conforme al talante de Jesús, comprometerse seriamente en la tarea de crear amistad y cercanía en este mundo.

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Dar fruto es tener vida

     V Domingo de Pascua

Hoy es el 5º domingo de Pascua. Con la alegoría de la vid y los sarmientos se nos llama a dar fruto, es decir, a tener vida y a permanecer unidos a Cristo. Dar fruto es tener vida, no dar fruto es experimentar el fracaso y el sin sentido.

     Esto reclama el permanecer unidos a Cristo. La experiencia que a menudo tenemos no es de permanencia, sino de distancia y alejamiento. Como si no fuera con nosotros nada de esto: es la desgana institucionalizada, el rechazo, el aburrimiento.

     Todo esto debe movernos a retomar un papel más activo en la vida de nuestra comunidad, no perteneciendo a ella sólo de palabra sino dando muestra de la fe que poseemos, ayudando a crecer a otros, tomando la voz de los que son poco oídos, queriendo aportar algo a los que nos rodean.

     La liturgia de este domingo nos llama a todos a tomar mucho más en consideración el papel que podemos jugar cada uno de nosotros  en la vida de la Iglesia.

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La conciencia nos acerca al misterio de las cosas y a Dios

Hoy es el cuarto domingo de Pascua. Jesús dice de sí mismo que es “el buen pastor”; el pastor que da su vida, que conoce a las ovejas, las defiende, las guía y les da seguridad. Viene a decir llanamente que no todos los pastores son iguales, que hay pastores buenos y pastores que no son tan buenos.

     Toda esta alegoría puede resultarnos chocante, a veces abusiva, cuando no alienante. Hay que decir que responde a la cultura de un pueblo de pastores, como era el pueblo judío, que llamaba a Dios su pastor, al rey su pastor y que esperaba al Mesías como buen pastor de un pueblo abandonado y sin recursos.

     Necesitamos tal vez olvidarnos de la imagen de las ovejas y el pastor y situarnos en la realidad de cada uno: en este mundo y en esta sociedad, tan necesitada de vida, de futuro, de recursos para muchos.

     Necesitamos clarificar nuestra vida de fe, aprender a situarla en lo cotidiano, en lo que nos estimula como en lo que nos desgasta y aburre. E intentar dar con la respuesta adecuada, con quien nos ayude a vivir, a discernir y a tomar opciones sin renunciar a la voz de nuestra conciencia, que es la que nos acerca a la vida, la que nos asoma al misterio de las cosas, nos lleva a atravesar el umbral del asombro, el espacio donde encontrarnos con Dios, con la vida, con lo nuevo, con lo esperanzador.

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La Pascua: testimonio de vida y de esperanza

Domingo III de Pascua

Hoy es el domingo 3º de Pascua. Sobre la base de un hecho histórico la comunidad cristiana reconstruye una vez más su experiencia pascual. El Señor se hace presente y la comunidad recibe de Jesús el encargo de dar testimonio: “Vosotros seréis mis testigos”, leemos en el Evangelio de hoy.

     Se trata de algo que está dicho para todos: la Pascua debe dar paso a un testimonio de vida y de esperanza; por consiguiente, lo que engendra muerte, desolación, injusticia o miseria no es pascual. Lo cual debe hacernos pensar. Ser testigos de la Pascua es serlo de la victoria de Jesús, que no fue precisamente una realidad cómoda de vivir. Ser testigos nos lleva a vivir muy comprometidos, con un deseo de dejarnos enseñar por los acontecimientos. Algo de esto se nos dice también hoy: Jesús “les fue abriendo el entendimiento para que comprendieran las Escrituras”.

     Comprender las Escrituras no es un salvoconducto con el que eludir dificultades, porque la realidad sigue estando ahí con todos sus desconciertos, miedos, dudas y conflictos.

     Que la experiencia Pascual transforme nuestra vida y que nos haga mejores testigos para un mundo que reclama un testimonio de veracidad y de esperanza.

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Creer es descubrir posibilidades nuevas

Domingo II de Pascua

Hoy es el segundo domingo de Pascua. La 1ª lectura nos dice que “los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucha valentía”. Esa era la nueva existencia que se manifestaba en los discípulos entonces y se debe manifestar también hoy.

          El Evangelio refiere dos apariciones del Señor: la comunidad experimenta el encuentro con el Señor; ocho días después vuelve a hacerse presente el Señor. También, cada ocho días, los domingos cristianos reproducen este encuentro. No es tanto el día que le dedicamos al Señor, sino el que Él nos dedica a nosotros, mostrándonos su cercanía, aunque a veces, como a Tomás, no nos resulte fácil creer.

          Porque evidentemente creer no siempre es fácil. Creer exige algo más hondo; reclama una experiencia que nos descubra posibilidades nuevas. Muchas veces la fe apunta a una manera de vivir que, con toda certeza, va a trastornar bastante nuestros acomodos. Algo importante debe ocurrir en cada uno de nosotros.

          Esto es lo que vamos a pedir en silencio al Señor, al comienzo de la Eucaristía: que la experiencia de cada domingo llene de luz pascual todos nuestros espacios y nos proporcione esperanza para vivir todos los días de la semana.

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Luz entre oscuridades de incertidumbre

Domingo de Resurrección

Hoy celebramos la Resurrección del Señor, la gran fiesta de la fe: el Señor está vivo y presente entre nosotros.  Durante cincuenta días, hasta Pentecostés, recordaremos esta victoria sobre la muerte y cantaremos el “Aleluya”, la victoria del Señor.

          Aquí empieza y termina todo: todo nace en la Pascua; todo empezó de nuevo para aquellos que “vieron y creyeron”. “Con la resurrección de Jesús está sano el corazón del mundo”, ha escrito un teólogo.

          El cirio que preside nuestra celebración es imagen del Cristo resucitado, la LUZ que brilla en tanta oscuridad. La luz que necesita llevar cada uno a su vida, entre oscuridades de incertidumbre, de violencia o de mentira. La luz que se nos entregó en nuestro bautismo es memoria de este cirio.

          Celebramos la PASCUA, la victoria de la Vida sobre la muerte, de la luz sobre la oscuridad, del amor sobre el odio. El Crucificado es el Resucitado. El mundo contemporáneo tiene necesidad de encontrar a Jesús crucificado y resucitado. Él, mejor que nadie, puede resolver la duda y dar respuesta a tantos corazones destrozados. Él nos ha enseñado el camino, el modo de salir de la muerte.

          Celebramos y recordamos la vida que se nos da a todos por la victoria de Jesús. Esta es la razón de recordar en esta noche nuestro bautismo en dos momentos: ahora, al comienzo, con la aspersión del agua que se bendijo anoche; y, posteriormente, cuando juntos renovemos las promesas de nuestro bautismo.

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La muerte como fuente de vida

VIERNES SANTO

Después de la lectura de la Pasión, lo mejor sería callarnos, entrar en silencio y meditar. La liturgia, sin embargo, aconseja que no se omitan unas palabras de reflexión sobre lo que hemos oído.

 El Viernes Santo es celebrado como  “día sagrado” por antonomasia. Día en que las tinieblas del mundo alzan su grito de rebeldía y luego callan para siempre. Día en que el poder de la opresión, apelando a sus más mezquinos recursos, es destrozado por un hombre sentado en el banquillo de los acusados, alzado en una cruz humillante y hundido en las sombras de la muerte. El Viernes Santo nos llama a pensar en la debilidad de Dios.

Dios es de tal manera que cuando los hombres le arrebatan aquello que más quiere, Él lo cede y lo entrega. Esto quiere decir que, ante el dolor del mundo, ante la maldad moral que rebosa en la historia y en la que tan frecuentemente participamos, ante el sufrimiento de tantos inocentes en la historia…, Dios no lo evita sino que lo sufre. Y esto se convierte así en clave fundamental para saber leer e interpretar la realidad de este mundo nuestro. Porque Jesús ha muerto, Dios está presente en la historia como Aquél que no evita el dolor del mundo sino que lo soporta.

Con lo cual, nuestras perplejidades, las dudas que azotan nuestra fe por el hecho de que Dios no intervenga ante los mil infiernos de nuestro mundo, quedan desautorizadas: si Dios no intervino en evitar la muerte de su Hijo, ¿cómo vamos a preguntar por qué no interviene ahora? No podemos mirar a Dios como Aquél que está llamado a evitar el sufrimiento del hombre en el mundo, sino al revés: tenemos que mirarnos a nosotros como los llamados a evitar el sufrimiento de Dios en la historia,.

Viernes Santo es el duelo entre la luz y las tinieblas. Nadie puede permanecer ajeno a su desenlace. Por eso es un día de opción: de fe o de apostasía, de amor o de odio, de verdad o de mentira. No hemos venido hoy al templo para recordar a un muerto, ni siquiera para recordar a un muerto ilustre. Ni para condolernos y darnos el pésame por su muerte. Hemos venido para desfilar frente a este Cristo y adorarlo como fuente de vida, hemos venido para unir nuestra vida con su Vida, nuestros pensamientos y sentimientos con los suyos.

Hoy celebramos la muerte de una estructura humana que cede el paso a lo Nuevo de Dios que irrumpe. Hoy morimos al pecado, a la esclavitud de la ley y al reinado de la mentira. Por todo esto es día de silencio. Calla el hombre y habla Dios. Nos miramos a nosotros en silencio y descubrimos cómo somos.

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