El Señor vendrá… y volverá a ser posible lo que nos parecía imposible

Hoy comienza el ADVIENTO, con una avalancha de conceptos, de imágenes, de ideas que nos llaman en cuatro domingos a tomarnos más en serio, a ver nuestra vida con otro aire, otro espíritu y otras esperanzas. Las esperanzas son porque el Señor vendrá, no nos faltará, saldrá a nuestro encuentro, volverá a ser posible lo que nos parecía imposible. Por eso pedimos con la Iglesia insistentemente que “venga el Señor”.

     Queremos redescubrir desde el Adviento una relación con Dios que se nos escapa de las manos casi continuamente, queremos que el Adviento cambie nuestras actitudes. No se trata de espiritualizar el presente sino de alentar el futuro con otras propuestas, otras esperanzas.

     Somos tus hijos, Señor, dice la Liturgia. Tú eres nuestro Padre; somos tu pueblo, pero estamos lejos de ti; somos arcilla, obra de tus manos, pero nos hemos rebelado demasiadas veces… Jamás oído oyó ni ojo vio un Dios que hiciera tanto por quien espera en él. ¡Oh, Dios, restáuranos! Restáuranos como se restaura un tiesto roto. Estamos perdidos, pero sal a nuestro encuentro. ¡Ven Señor, no tardes! ¡Ven, Señor Jesús!

     Todo esto es oración de Adviento, Adviento, espíritu en el que queremos entrar con la liturgia de esta noche del primer domingo de Adviento.

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El amor preferente a los más necesitados

Fiesta de Cristo Rey

     La Fiesta de Cristo Rey es el final del año litúrgico: todo lo que une converge, todo lo que converge lleva a Cristo, así pensaba y se expresaba el Padre Teilhard de Chardin. Pero hay un trabajo previo a realizar, vivir de manera que todo nos una, todo cree solidaridad, todo sea un evangelio de misericordia. Así queremos celebrar esta fiesta litúrgica: resituando lo más importante, el amor que tenemos a los demás, y descubriendo que ese amor tiene sus preferencias en los más necesitados, en los que tienen menos apoyo y menos recursos, en los más pequeños de nuestros hermanos.

A esta luz esta fiesta es de todos, pues a todos interesa. Porque empieza descubriendo el Reino de Dios que tenemos dentro del corazón y acaba comprometiéndonos en una tarea permanente que nos hará salir de nosotros mismos.

Al acabar el año litúrgico, este itinerario de fe que constituyen los 52 domingos del año, debiéramos concluir con un examen de conciencia y una acción de gracias por todo cuanto hayamos descubierto en nuestra vida de fe, cuanto haya supuesto de novedad para cada uno el contacto con la palabra del evangelio en el encuentro semanal de cada domingo del año.

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Lucidez para el compromiso, esperanza firme, ilusión sin límites y mucha fe

Domingo trigésimo tercero del tiempo ordinario

Hoy es el domingo trigésimo tercero del tiempo ordinario. Bajo la imagen de unos empleados que esperan a que el amo vuelva, la liturgia nos recuerda la venida del Señor. El Señor que va y viene, que sorprende, que abre un diálogo en el que necesitamos entrar, pero no con el temor de una prueba o de un examen de estudiantes: a ver qué sabes, o a ver qué has hecho. Sencillamente, el Señor quiere que trabajemos con Él, porque de alguna manera le somos necesarios. El problema es que estamos entretenidos, embobados, confundidos, despistados… De todas estas maneras lo dice la carta de San Pablo, que leeremos. Y necesitamos luz, ideas claras, lucidez para el compromiso, esperanza firme, ilusión sin límites y mucha fe en que lo que Dios pone en nuestras manos nunca es una trampa. Las trampas ya se encargan otras instancias de ponerlas ante nosotros.

     Que el Señor viene tiene que ser siempre una noticia gozosa. Necesitamos descubrir que nuestro trabajo es una oportunidad de encontrarnos con el Señor. Saber disponernos con ilusión a una tarea de cooperación en nuestro quehacer de cada día.

     Hoy, además, se celebra el día de la Iglesia Diocesana, bajo el lema: “Tú eres testigo de la fe de tu Iglesia”. Tenemos presente esta intención y recordamos que la Colecta de este Domingo está destinada a ayudar a la Iglesia Diocesana de Granada.

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Poner esperanza en la búsqueda de cada día

Hoy es el domingo trigésimo segundo del tiempo ordinario. Se acentúa en estos últimos domingos el tono escatológico, es decir, se anuncia la venida del Señor. Algo a lo que necesitamos estar  preparados.

     Porque el Señor, Dios, se nos puede hacer presente, y necesitamos buscarlo y descubrirlo. Queremos estar vigilantes, ser lúcidos, vivir preparados. Queremos, por ello, tener sensibilidad para apreciar lo bueno y dar gracias a Dios, denunciar lo que no es bueno y pedir penetración para analizar y decisión para denunciar lo que es mentira o manipulación o abuso.

     El Señor viene tiene que ser una noticia gozosa, no un anuncio catastrofista. Ese es nuestro trabajo: poner esperanza en la búsqueda de cada día, lucidez para descubrir lo verdaderamente importante y un riguroso sentido crítico para que nunca se nos dé gato por liebre. Vamos a pedir al Señor disponer nuestro corazón a esta actitud de vigilancia.

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No fueron héroes, pero vivieron el Evangelio

Fiesta de Todos los Santos

“Ahora ya somos hijos de la familia de Dios, pero aún no se ha manifestado lo que seremos, sabemos que cuando se manifieste, seremos semejantes a El, porque le veremos como es”. Estas palabras que oiremos en la segunda lectura explican el sentido de esta Fiesta de hoy: la Fiesta de Todos los Santos.

     Una Fiesta muy antigua e importante: una multitud incontable de hermanos y hermanas. Símbolo de una pertenencia a la misma familia, símbolo de unidad en el camino y en el destino. Ellos, los santos, son lo que nosotros seremos.

     No fueron héroes, sino personas como nosotros, con las mismas dificultades, con el mismo ambiente en contra muchas veces, pero que intentaron y lograron realizar en sus vidas el plan de Cristo, y acogieron y vivieron el Evangelio. Ellos son el mejor éxito de Cristo. Son los que se tomaron en serio lo que propone el Evangelio y que el mundo no acaba de creer: las bienaventuranzas, la humildad, la apertura a Dios, la limpieza de corazón, el trabajo por la paz, la misericordia, la entereza ante las dificultades.

     La Fiesta de hoy es como la meta de un viaje que venimos realizando por este mundo. Un viaje que no hacemos solos y en el que nos han precedido una legión de buenas personas. Que el Espíritu que los condujo a ellos no nos falte a nosotros.

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Amar a Dios y a los demás es tomarlos en serio

Hoy es el domingo trigésimo del tiempo ordinario.

El Evangelio de hoy nos recuerda un tema siempre legítimo. Preguntar por lo importante: en tiempos de Jesús, era legítimo y necesario pues la ley religiosa de entonces estaba hecha de 613 preceptos. Y había que pararse a pensar en lo que de verdad importaba ante Dios y ante los demás.

     También nosotros nos debemos preguntar por lo importante: y se nos dice que lo que de verdad importa es amar a Dios y que amar al prójimo es igualmente importante. Y esto lo queremos tomar muy en consideración y lo traducimos como tomarse muy en serio a Dios y muy en serio al hombre. Y que eso es central y que ambos preceptos coinciden y que ese es el camino, y que no hay otra manera de entender nuestra religiosidad. Y todo esto debiera llevarnos a relativizar muchas categorías y de esta manera darle a nuestra vida cristiana un tono distinto, bien distinto.

Que la oración de todos y la acogida que hagamos de la palabra de Dios nos lleve a organizar más evangélicamente nuestra vida. 

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Cómo nos situamos ante Dios: dar a Dios lo que es suyo

     Domingo vigésimo noveno del tiempo ordinario

Hoy es el Domingo vigésimo noveno del tiempo ordinario.  La liturgia nos ofrece unas palabras de Jesús que han venido a formar parte de un lenguaje familiar y concluyente: dar a  Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César. También llega a nosotros una palabra enérgica de Jesús dirigida a los fariseos: ¡hipócritas!.

Necesitamos las palabras de Jesús como luz para saber situarnos en la conversación y en la lucha de cada día.  Dar a Dios lo suyo y lo suyo al César. Tratar seriamente las realidades temporales y poner a Dios en su sitio.

     Jesús emplea una expresión muy dura, que podría ser dirigida a nosotros: hipócritas. Serlo es fingir estar muy preocupados por una cosa cuando lo que nos interesa es otra; que es como ponerle el decorado a la comedia religiosa, cuando lo que nos preocupa y ocultamos es nuestro interés, nuestro provecho o envolver a otro en nuestra trampa.

     El evangelio de este domingo nos compromete a todos: Dios y el César deben ser nuestro universo. A ver cómo lo administramos y, sobre todo, cómo nos situamos ante Dios, cómo hacemos del trabajo un lugar importante de nuestra existencia.

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Que podamos decir “aquí está nuestro Dios”

Domingo vigésimo octavo del tiempo ordinario

Este domingo, vigésimo octavo del tiempo ordinario, se nos dice que todos hemos sido invitados por Dios a participar en unas bodas y que hemos de tomar en serio esta invitación.

     Vamos a  oír al profeta Isaías: “El Señor aniquilará la muerte, enjugará las lágrimas; alejará de todo el país el oprobio del pueblo. Ese día se dirá: aquí está nuestro Dios”. Y nos preguntamos si es verdad que Dios está entre nosotros; otras veces tendremos que afirmar enérgicamente que no, que es imposible que Dios esté en muchas situaciones que vemos y que a lo mejor ayudamos a que persistan.

     Pues hay situaciones en las que Dios no puede estar: en los integrismos, en tantas formas excluyentes desde posturas políticas, desde manejos interesados, desde fundamentalismos o dogmatismos religiosos.  Y pensamos y ponemos los ojos en nuestros integrismos religiosos, en la manera sutil o ruda de excluir a muchos, porque no son de los nuestros: no piensan como nosotros, no votan como nosotros, ni siquiera leen el periódico que nosotros leemos. Pues bien, nada de esto es evangélico.

     Y ahí nos detenemos en esta Eucaristía, pidiendo y deseando que el Señor aleje el oprobio de nuestro pueblo, que enjugue las lágrimas de los que sufren, que haga crecer la alegría, que siembre de sonrisas el horizonte de incertidumbres que con frecuencia nos aterra. Que podamos decir de verdad, como el profeta, “aquí está nuestro Dios”.

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¿Qué hacemos con la viña de nuestra vida?

Hoy es el domingo vigésimo séptimo del tiempo ordinario. La parábola que hoy leemos, de los viñadores perversos, nos acerca a un tema serio: ¿qué hacemos con la viña, qué hacemos con lo que Dios ha puesto en nuestras manos? Esta parábola no encierra un cuerpo doctrinal; desemboca en un juicio, en una o muchas preguntas que cada uno debe hacerse sobre su vida y su trabajo, sobre la manera como uno se hace cargo del espacio concreto que Dios y la vida han puesto en nuestras manos.

     La dureza de la vida, las dificultades de cada uno cada día, la pérdida silenciosa de nuestra fe, el deterioro de nuestras relaciones más íntimas, que reclaman un tratamiento más generoso, más delicado y más justo; la rentabilidad social de nuestro estudio o de nuestra amistad, la rentabilidad moral de nuestra presencia en determinadas instituciones. Nada se nos ha dado para cultivar nuestra imagen. Y, sobre todo, nada se nos da en menoscabo de otro: la viña del Señor es el pueblo de Israel, la viña que necesitamos rentabilizar es nuestra vida personal y social.

    En este domingo queremos tener presentes a todos los que viven con grandes dificultades, a cuantos se les hace difícil, muy difícil, transmitir la fe a sus hijos, responder con fe a los momentos de conflicto o acertar cada día en la manera de rentabilizar socialmente su esfuerzo y el trabajo de su vida. La crisis económica que se nos ha venido encima seguramente, que ha caído sobre demasiadas espaldas, va a ahogar a muchos, seguramente siempre a los mismos.

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El pecado de la incoherencia: es peligroso creerse de los buenos

Domingo vigésimo sexto del Tiempo Ordinario

Hoy, el pueblo de Granada se ha echado a la calle para aclamar a la Virgen de las Angustias. En estos días se ha abierto el año judicial, se ha abierto el año académico. Todo nos lleva a pensar o al menos a desear que las cosas pueden renovarse. Ojalá todos podamos poner orden en nuestras ideas y hacer porque las cosas vuelvan a empezar otra vez con esperanza.

     No basta aparecer como los oficialmente buenos, porque precisamente el evangelio de este domingo vigésimo sexto nos hace caer en la cuenta de que es peligroso creerse de los buenos, si después en la vida somos incoherentes o frívolos, orgullosos, desaprensivos o corruptos.

     La vida, y con ella el Evangelio, llama a asumir las responsabilidades, a entrar en el verdadero campo de la libertad, que es como entrar en una mayoría de edad: a entrar en el camino de la justicia, en el camino del tratamiento serio de cuanto llega a nuestras manos. Esto lo decimos pensando en los  más de 60.000 universitarios, que van a empezar su trabajo en estos días en Granada.

     Todas estas intenciones las hacemos nuestras esta noche. Y, sobre todo, queremos llevarnos muy claro el mensaje del evangelio de este domingo: las responsabilidades de nuestra vida son nuestras, de cada uno de nosotros. No valen excusas: es cada uno de los que estamos aquí quien dice “sí” o quien dice “no”.

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