Aunque la fe se tambalee, Dios está al lado

      Domingo XIV del Tiempo Ordinario

    Hoy es el domingo decimocuarto del tiempo ordinario. Las lecturas de hoy tienen mucho que ver con la manera desmayada y tibia de vivir la fe en nuestra sociedad.

     Hay un predominio cultural de increencia que desafía seriamente a nuestra fe. La fe se nos tambalea y entonces se nos amontonan las preguntas y la desconfianza. Igual que en tiempos de Jesús o que en tiempos del profeta Ezequiel.

     Jesús se quejó de la falta de fe de sus paisanos. Habría que indagar en las razones de aquella falta de fe y descubrir cómo esta enfermedad persiste hoy entre nosotros, veinte siglos después. Hay una increencia cultural en una sociedad que se confiesa mayoritariamente creyente. Esa increencia está retratada en un mundo de intereses mezquinos, en una escasa sensibilidad para descubrir a Dios en lo cotidiano y en lo sencillo. Hay que descubrir que Dios se nos puede hacer presente en el vecino de al lado. A aquellos paisanos de Jesús le sorprendía que el carpintero de al lado hablara de Dios y de la ley y del templo como hablaba Jesús.

     El Evangelio deja abierta muchas preguntas y debiéramos reconocernos y sintonizar con algunas de ellas.

 

 

 

 

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Contigo hablo: ¡levántate!

Domingo XIII del Tiempo Ordinario

         Hoy es el domingo décimo tercero del tiempo ordinario. Leemos del evangelio de Marcos dos relatos entrelazados, que es un recurso frecuente en este evangelio. Recurso que viene a decirnos que entre ambos relatos hay un vínculo profundo. El vínculo es la enfermedad que lleva a la muerte: una vida que se desangra o una vida joven a la que se le niega el futuro. La clave del relato está en relación con la fe que se tiene o no se tiene.

         Pero Dios no hizo la muerte, hemos leído en el libro de la Sabiduría. Hay, sí, muchas situaciones que nos instalan ahí; situaciones que enferman o que corrompen. Ahí necesitamos pararnos y preguntarnos si hacemos algo para salir de todo esto.     

         Jesús alaba por dos veces la fe de sus interlocutores que buscan el milagro. Para decir finalmente: “contigo hablo, niña, levántate”. Hemos de recoger esta enseñanza del evangelio de hoy y levantarnos.

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De frente a la ineludible realidad

Domingo XII del Tiempo Ordinario

     Hoy es el domingo duodécimo del tiempo ordinario. En este y en el domingo próximo, se nos presenta a Jesús en su lucha contra el mal. A este mal se le llama hoy tempestad, el domingo que viene se le llamará demonio. Lo importante es comprender que ese mal nos afecta, nos sorprende y nos desarma con frecuencia. Job se encara con Dios, porque las cosas no le van nada bien. Los discípulos se encaran con Jesús, porque la tempestad los ha cogido de improviso: “¿no te importa que nos hundamos?”.

     También nosotros ante el mal añoramos mejores situaciones u otras personas cerca de nosotros. Sobre todo, nos sobra miedo para hacernos cargo de responsabilidades ineludibles, nuestras y únicamente nuestras.

     No podemos eludir la realidad y necesitamos saber hacernos presentes a la misma. Hemos de vernos dentro de todas las contradicciones que vive el común de los mortales, y estar en disposición de responder con fe a la crisis, a las dudas, al conflicto y a los miedos persistentes. Necesitamos más que nunca rehacer el diálogo con el Señor, que Cristo el Señor se nos haga presente y que su presencia le dé constancia a nuestra vida.

 

 

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Corpus = caridad

Corpus

  La fiesta del CORPUS es la misma que la del Jueves Santo: se conmemora la Institución de la Eucaristía. Pero quiere marcar la nota de celebración gozosa. Precisamente, por eso, se sacaba a la calle el Sacramento en procesión. A partir del siglo XII, la fiesta del CORPUS se convirtió en una gran fiesta popular. Celebramos, pues, la institución de un sacramento, que nos recuerda que somos Pueblo de Dios que camina y tiene necesidad de alimento para andar hacia adelante.

  La fiesta del CORPUS nos recuerda que somos pueblo unido o pueblo que debiera estar unido, precisamente porque todos nos sentimos más de una vez necesitados. Esta es la razón por la que queremos tener más que nunca presentes a quienes más necesitan de nosotros. Toda celebración sacramental tiene un contenido profético. Implica por ello una respuesta de vida, un anhelo y un compromiso entre los presentes.

  La fiesta del CORPUS es la fiesta de la caridad, la fiesta de CARITAS, tan presente para muchos en estos tiempos de crisis. Por esta razón, más que nunca la colecta resalta el sentido de participación, de compromiso y de misión de cada celebración sacramental. También de la misa de los domingos. Que durante la semana que vamos a comenzar sepamos preguntarnos ¿qué nos queda cada día de la Eucaristía de cada domingo?

 

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Dios es misterio porque es inmenso

Trinidad

  Muchos momentos de nuestra vida cristiana están marcados por la Trinidad: todo cuanto hacemos en el nombre de Dios, todo cuanto en nosotros signifique salir conscientemente a la búsqueda de Dios, de su voluntad.

  En el nombre de la Trinidad fuimos bautizados, confirmados; en su nombre se nos da el perdón. En su nombre quisiéramos hacer todo cuanto en nosotros creemos que merece la pena.

  Dios no es misterio porque sea oscuro, sino porque es inmenso. Es la plenitud de la vida de Dios su misterio. Dios se nos ha querido mostrar hacia fuera como es hacia dentro. Si tenemos que ver con Dios, si El tiene que ver con nosotros, entonces la vida de Dios, la Trinidad, no es para nosotros un episodio carente de significado.

  No nos interesan los nombres (Padre, Hijo, Espíritu), nos interesan las Personas que se nos revelan: lo que hemos venido celebrando en los cincuenta días de la Pascua, que terminó el domingo pasado: la manera cómo actúa el Padre, la comunicación y la entrega del Hijo, y el don renovador del Espíritu.

  La Fiesta de la Trinidad es la fiesta de la gran familia que es Dios, familia que se construye dándose recíprocamente. Esta que es la historia de Dios no es precisamente la historia de la familia humana, que hemos de reconocer que no ha sido una familia bien avenida. Estamos bastante lejos de ese espacio de amor que es la Trinidad y la vida de Dios.

 

 

 

 

 

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Lo que empuja a vivir es del Espíritu

Pentecostés

  Hoy celebramos Pentecostés: recapitulación y culminación de la Pascua: victoria de Jesús y presencia del Espíritu. Don de la paz, certeza de la resurrección; alegría de la fe; participación de la vida del resucitado; liberación del mal y del pecado. Cualquier aspiración noble que quepa en nosotros tiene su explicación en el más profundo sentido de esta fiesta.

  El Espíritu de Jesús resucitado llena la tierra, nos conduce y nos hace nacer y vivir para la Iglesia. Nos hace cristianos, nos hace mirar hacia arriba y marchar hacia delante. El Espíritu nos hace contemporáneos de Jesús. Sin Él, Jesús no sería más que un muerto ilustre.

  Cuanto nos anima y empuja a vivir con un horizonte nuevo; cuanto nos hace ponernos muy por encima de nuestra pequeñez, es del Espíritu. No es del Espíritu lo que nos instala en la revancha, en la mediocridad, en el aprecio de la propia dignidad, lo que nos hace duros para olvidar, lo que empequeñece nuestra lealtad, nuestra colaboración, nuestra entrega a los demás.

  Hay que discernir, pensar y sopesar; tal es el verdadero ejercicio espiritual, al que a veces renunciamos porque nos cargamos de razones, de lógica empobrecedora, de explicaciones que a la larga acaban por cansarnos. Sin dejar apenas que sea el Espíritu el que nos clarifique, nos serene y nos impulse.

 

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Ascensión: nueva presencia en la misión diaria

Ascensión del Señor

      Hoy es la fiesta de la Ascensión. No es una manera de recordar una ausencia. La liturgia celebra una nueva presencia del Señor: el Señor que trabaja con los suyos y se les hace presente en la misión que cada uno desempeña. Por eso hoy tenemos presente a la Iglesia que nace precisamente al desaparecer el Señor.

      No es fácil ser cristianos ni actuar como cristianos. Cada uno sabe su porqué y comprende que la historia y la cultura marchan en una dirección contraria a la que queremos ir como cristianos. Quizá más que nunca necesitemos descubrir los signos de que el Señor está y trabaja con nosotros.

      La fiesta de la Ascensión nos deja a las puertas de la gran celebración de Pentecostés, con que se cierra el tiempo pascual: la venida del Espíritu es la plenitud de un itinerario que empezó en la Encarnación del Hijo. Ahí culmina esa acción de Dios en la historia que llamamos historia de la salvación. Ahí empieza la Iglesia, como comunidad que no se mira a sí misma y quiere hacerse presente en la vida de los hombres y mujeres de todos los tiempos.

     Una fiesta para pensar en nuestra vocación cristiana, en la misión y en el testimonio que cada uno debe dar con su vida.

 

 

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Amar no es quitarse de en medio

Domingo VI de Pascua 

    Hoy es el domingo 6º de Pascua. En la liturgia de este domingo llaman la atención dos ideas: una, que Dios no hace distinciones y, por eso, “el Espíritu Santo se derrama también sobre los paganos”, cosa que sorprendió a Pedro, y a nosotros nos debiera llevar a pensar en nuestros exclusivismos religiosos. Y la otra idea es la llamada a la amistad y a pensar otra vez en nuestros exclusivismos y nuestras preferencias.

    En el Evangelio de hoy Jesús dice que El es nuestro amigo y que nos ha elegido para que hagamos algo distinto. Esto nos lleva a pensar en qué proyecto de vida nos vemos envueltos, a quién o a quiénes nos sentimos vinculados, de quién sabemos algo y de quién o de quiénes pasamos totalmente. ¿Quiénes son de verdad nuestros amigos?

    Amar y darse a los demás no es quitarse de en medio en los conflictos, ni pretender ser el puro en medio de las impurezas. Cada cual ha de descubrir cuál es su misión en el mundo y, conforme al talante de Jesús, comprometerse seriamente en la tarea de crear amistad y cercanía en este mundo.

 

 

 

 

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Dar fruto es tener vida

   V Domingo de Pascua 

    Hoy es el 5º domingo de Pascua. Con la alegoría de la vid y los sarmientos se nos llama a dar fruto, es decir, a tener vida y a permanecer unidos a Cristo. Dar fruto es tener vida; no dar fruto es experimentar el fracaso y el sinsentido.

     Esto reclama el permanecer unidos a Cristo. La experiencia que a menudo tenemos no es de permanencia, sino de distancia y alejamiento. Como si no fuera con nosotros nada de esto: es la desgana institucionalizada, el rechazo, el aburrimiento.

    Todo esto debe movernos a retomar un papel más activo en la vida de nuestra comunidad, no perteneciendo a ella sólo de palabra sino dando muestra de la fe que poseemos, ayudando a crecer a otros, tomando la voz de los que son poco oídos, queriendo aportar algo a los que nos rodean.

     La liturgia de este domingo nos llama a todos a tomar mucho más en consideración el papel que podemos jugar cada uno de nosotros en la vida de la Iglesia.

 

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La fe puesta en lo cotidiano

IV Domingo de Pascua

    Hoy es el 4º domingo de Pascua. Jesús dice de sí mismo que es “el buen pastor”; el pastor que da su vida, que conoce a las ovejas, las defiende, las guía y les da seguridad. Viene a decir llanamente que no todos los pastores son iguales, que hay pastores buenos y pastores que no son tan buenos.

     Toda esta alegoría puede resultarnos chocante, a veces abusiva, cuando no alienante. Hay que decir que responde a la cultura de un pueblo de pastores, como era el pueblo judío, que llamaba a Dios su pastor, al rey su pastor y que esperaba al Mesías como buen pastor de un pueblo abandonado y sin recursos.

     Necesitamos tal vez olvidarnos de la imagen de las ovejas y el pastor y situarnos en la realidad de cada uno: en este mundo y en esta sociedad, tan necesitada de vida, de futuro, de recursos para muchos.

     Necesitamos clarificar nuestra vida de fe, aprender a situarla en lo cotidiano, en lo que nos estimula como en lo que nos desgasta y aburre. E intentar dar con la respuesta adecuada, con quien nos ayude a vivir, a discernir y a tomar opciones sin renunciar a la voz de nuestra conciencia, que es la que nos acerca a la vida, la que nos asoma al misterio de las cosas, nos lleva a atravesar el umbral del asombro, el espacio donde encontrarnos con Dios, con la vida, con lo nuevo, con lo esperanzador.

 

 

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