Lo que empuja a vivir es del Espíritu

Pentecostés

  Hoy celebramos Pentecostés: recapitulación y culminación de la Pascua: victoria de Jesús y presencia del Espíritu. Don de la paz, certeza de la resurrección; alegría de la fe; participación de la vida del resucitado; liberación del mal y del pecado. Cualquier aspiración noble que quepa en nosotros tiene su explicación en el más profundo sentido de esta fiesta.

  El Espíritu de Jesús resucitado llena la tierra, nos conduce y nos hace nacer y vivir para la Iglesia. Nos hace cristianos, nos hace mirar hacia arriba y marchar hacia delante. El Espíritu nos hace contemporáneos de Jesús. Sin Él, Jesús no sería más que un muerto ilustre.

  Cuanto nos anima y empuja a vivir con un horizonte nuevo; cuanto nos hace ponernos muy por encima de nuestra pequeñez, es del Espíritu. No es del Espíritu lo que nos instala en la revancha, en la mediocridad, en el aprecio de la propia dignidad, lo que nos hace duros para olvidar, lo que empequeñece nuestra lealtad, nuestra colaboración, nuestra entrega a los demás.

  Hay que discernir, pensar y sopesar; tal es el verdadero ejercicio espiritual, al que a veces renunciamos porque nos cargamos de razones, de lógica empobrecedora, de explicaciones que a la larga acaban por cansarnos. Sin dejar apenas que sea el Espíritu el que nos clarifique, nos serene y nos impulse.

 

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Ascensión: nueva presencia en la misión diaria

Ascensión del Señor

      Hoy es la fiesta de la Ascensión. No es una manera de recordar una ausencia. La liturgia celebra una nueva presencia del Señor: el Señor que trabaja con los suyos y se les hace presente en la misión que cada uno desempeña. Por eso hoy tenemos presente a la Iglesia que nace precisamente al desaparecer el Señor.

      No es fácil ser cristianos ni actuar como cristianos. Cada uno sabe su porqué y comprende que la historia y la cultura marchan en una dirección contraria a la que queremos ir como cristianos. Quizá más que nunca necesitemos descubrir los signos de que el Señor está y trabaja con nosotros.

      La fiesta de la Ascensión nos deja a las puertas de la gran celebración de Pentecostés, con que se cierra el tiempo pascual: la venida del Espíritu es la plenitud de un itinerario que empezó en la Encarnación del Hijo. Ahí culmina esa acción de Dios en la historia que llamamos historia de la salvación. Ahí empieza la Iglesia, como comunidad que no se mira a sí misma y quiere hacerse presente en la vida de los hombres y mujeres de todos los tiempos.

     Una fiesta para pensar en nuestra vocación cristiana, en la misión y en el testimonio que cada uno debe dar con su vida.

 

 

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Amar no es quitarse de en medio

Domingo VI de Pascua 

    Hoy es el domingo 6º de Pascua. En la liturgia de este domingo llaman la atención dos ideas: una, que Dios no hace distinciones y, por eso, “el Espíritu Santo se derrama también sobre los paganos”, cosa que sorprendió a Pedro, y a nosotros nos debiera llevar a pensar en nuestros exclusivismos religiosos. Y la otra idea es la llamada a la amistad y a pensar otra vez en nuestros exclusivismos y nuestras preferencias.

    En el Evangelio de hoy Jesús dice que El es nuestro amigo y que nos ha elegido para que hagamos algo distinto. Esto nos lleva a pensar en qué proyecto de vida nos vemos envueltos, a quién o a quiénes nos sentimos vinculados, de quién sabemos algo y de quién o de quiénes pasamos totalmente. ¿Quiénes son de verdad nuestros amigos?

    Amar y darse a los demás no es quitarse de en medio en los conflictos, ni pretender ser el puro en medio de las impurezas. Cada cual ha de descubrir cuál es su misión en el mundo y, conforme al talante de Jesús, comprometerse seriamente en la tarea de crear amistad y cercanía en este mundo.

 

 

 

 

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Dar fruto es tener vida

   V Domingo de Pascua 

    Hoy es el 5º domingo de Pascua. Con la alegoría de la vid y los sarmientos se nos llama a dar fruto, es decir, a tener vida y a permanecer unidos a Cristo. Dar fruto es tener vida; no dar fruto es experimentar el fracaso y el sinsentido.

     Esto reclama el permanecer unidos a Cristo. La experiencia que a menudo tenemos no es de permanencia, sino de distancia y alejamiento. Como si no fuera con nosotros nada de esto: es la desgana institucionalizada, el rechazo, el aburrimiento.

    Todo esto debe movernos a retomar un papel más activo en la vida de nuestra comunidad, no perteneciendo a ella sólo de palabra sino dando muestra de la fe que poseemos, ayudando a crecer a otros, tomando la voz de los que son poco oídos, queriendo aportar algo a los que nos rodean.

     La liturgia de este domingo nos llama a todos a tomar mucho más en consideración el papel que podemos jugar cada uno de nosotros en la vida de la Iglesia.

 

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La fe puesta en lo cotidiano

IV Domingo de Pascua

    Hoy es el 4º domingo de Pascua. Jesús dice de sí mismo que es “el buen pastor”; el pastor que da su vida, que conoce a las ovejas, las defiende, las guía y les da seguridad. Viene a decir llanamente que no todos los pastores son iguales, que hay pastores buenos y pastores que no son tan buenos.

     Toda esta alegoría puede resultarnos chocante, a veces abusiva, cuando no alienante. Hay que decir que responde a la cultura de un pueblo de pastores, como era el pueblo judío, que llamaba a Dios su pastor, al rey su pastor y que esperaba al Mesías como buen pastor de un pueblo abandonado y sin recursos.

     Necesitamos tal vez olvidarnos de la imagen de las ovejas y el pastor y situarnos en la realidad de cada uno: en este mundo y en esta sociedad, tan necesitada de vida, de futuro, de recursos para muchos.

     Necesitamos clarificar nuestra vida de fe, aprender a situarla en lo cotidiano, en lo que nos estimula como en lo que nos desgasta y aburre. E intentar dar con la respuesta adecuada, con quien nos ayude a vivir, a discernir y a tomar opciones sin renunciar a la voz de nuestra conciencia, que es la que nos acerca a la vida, la que nos asoma al misterio de las cosas, nos lleva a atravesar el umbral del asombro, el espacio donde encontrarnos con Dios, con la vida, con lo nuevo, con lo esperanzador.

 

 

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La Pascua da paso a un testimonio de vida y de esperanza

III Domingo de Pascua

      Hoy es el domingo 3º de Pascua. Sobre la base de un hecho histórico, la comunidad cristiana reconstruye una vez más su experiencia pascual. El Señor se hace presente y la comunidad recibe de Jesús el encargo de dar testimonio: “vosotros seréis mis testigos”, leemos en el Evangelio de hoy.

     Se trata de algo que está dicho para todos: la Pascua debe dar paso a un testimonio de vida y de esperanza; por consiguiente, lo que engendra muerte, desolación, injusticia o miseria no es pascual. Lo cual debe hacernos pensar. Ser testigos de la Pascua es serlo de la victoria de Jesús, que no fue precisamente una realidad cómoda de vivir. Ser testigos nos lleva a vivir muy comprometidos, con un deseo de dejarnos enseñar por los acontecimientos. Algo de esto se nos dice también hoy: Jesús “les fue abriendo el entendimiento para que comprendieran las Escrituras”.

     Comprender las Escrituras no es un salvoconducto con el que eludir dificultades, porque la realidad sigue estando ahí con todos sus desconciertos, miedos, dudas y conflictos.

     Que la experiencia Pascual transforme nuestra vida y que nos haga mejores testigos para un mundo que reclama un testimonio de veracidad y de esperanza.

 

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Que creer nos descubra posibilidades nuevas

II Domingo de Pascua

      Hoy es el 2º domingo de Pascua. La 1ª lectura nos dice que “los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucha valentía”. Esa era la nueva existencia que se manifestaba en los discípulos entonces y se debe manifestar también hoy.

     El Evangelio refiere dos apariciones del Señor: la comunidad experimenta el encuentro con el Señor; ocho días después vuelve a hacerse presente el Señor. También cada ocho días los domingos cristianos reproducen este encuentro. No es tanto el día que le dedicamos al Señor, sino el que El nos dedica a nosotros, mostrándonos su cercanía, aunque a veces, como a Tomás, no nos resulte fácil creer.

       Porque, evidentemente, creer no siempre es fácil. Nuestros miedos y agobios, nuestros desencantos o nuestras agresividades nos impiden mirar más allá de nosotros mismos. Creer exige algo más hondo que tocar palmas o decir banalidades; reclama una experiencia que nos descubra posibilidades nuevas. Muchas veces la fe apunta a una manera de vivir que, con toda certeza, va a trastornar bastante nuestros acomodos. Algo importante debe ocurrir en cada uno de nosotros.

            Esto es lo que vamos a pedir en silencio al Señor, al comienzo de la Eucaristía: que la experiencia de cada domingo llene de luz pascual todos nuestros espacios y nos proporcione esperanza para vivir todos los días de la semana.

 

 

 

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“Todo empezó de nuevo para aquellos que “vieron y creyeron””

Pascua de Resurrección

         Hoy celebramos la Resurrección del Señor, la gran fiesta de la fe: el Señor está vivo y presente entre nosotros.  Durante cincuenta días, hasta Pentecostés, recordaremos esta victoria sobre la muerte y cantaremos el Aleluya, la victoria del Señor.

       Aquí empieza y termina todo: todo nace en la Pascua; todo empezó de nuevo para aquellos que “vieron y creyeron”. “Con la resurrección de Jesús está sano el corazón del mundo”, ha escrito un teólogo.

          El cirio que preside nuestra celebración es imagen del Cristo resucitado, la LUZ que brilla en tanta oscuridad. La luz que necesita llevar cada uno a su vida, entre oscuridades de incertidumbre, de violencia o de mentira. La luz que se nos entregó en nuestro bautismo es memoria de este cirio.

          Celebramos la PASCUA, la victoria de la Vida sobre la muerte, de la luz sobre la oscuridad, del amor sobre el odio. El Crucificado es el resucitado. El mundo contemporáneo tiene necesidad de encontrar a Jesús crucificado y resucitado. El, mejor que nadie, puede resolver la duda y dar respuesta a tantos corazones destrozados. El nos ha enseñado el camino, el modo de salir de la muerte.

          Celebramos y recordamos la vida que se nos da a todos por la victoria de Jesús. Esta es la razón de recordar en esta noche nuestro bautismo en dos momentos: ahora al comienzo, con la aspersión del agua que se bendijo anoche; y posteriormente, cuando juntos renovemos las promesas de nuestro bautismo.

 

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Abandonado…, como tantos otros…

Domingo de Ramos

         Dos hechos destacan en la liturgia de este Domingo de Ramos: la entrada de Jesús en Jerusalén, sentado en un asno y aclamado como rey victorioso, y el relato íntegro de la Pasión según San Marcos. Ambos hechos ponen de relieve lo que va a ser el centro de la Pascua y también el centro de nuestra fe: el Señor Jesús, que comienza el último tramo de su itinerario hasta la cruz. Jesús ha vencido al egoísmo, al orgullo, al pecado y a la muerte, y nos va a dar la Vida verdadera. Nosotros también queremos aclamarlo como Salvador y acompañarlo con nuestra vida.

          De una manera muy concreta, el evangelio de Marcos desarrolla la historia de una entrega. Esta palabra y su sentido más hondo puede ser la clave para entender todo el relato de la Pasión según San Marcos.

          Vamos a oír en la 2ª lectura que Jesús “actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte”, esto significa la comunión definitiva de Dios con nuestra humanidad: sencillo, sufriente, abandonado, acosado, juzgado injustamente, derribado y ejecutado, como tantos otros en la historia humana. La expresión más misteriosa del relato de la Pasión es la pregunta de Jesús al Padre: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. También esta pregunta se convierte en lo que significa la entrega de Jesús en las manos del Padre

          El Jesús aclamado como vencedor el Domingo de Ramos es el mismo que vamos a contemplar como un Cristo “entregado” y vencido en todos estos días de Semana Santa y vuelto a la Vida en la noche de Pascua. Que estos contrastes nos hagan pensar y situarnos en la vida ante el Cristo crucificado y resucitado.

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Saber situarse

V Domingo de Cuaresma

    Es el 5º domingo de Cuaresma. El próximo domingo ya es Semana santa. La Cuaresma era un itinerario de conversión para llegar al bautismo en la Pascua. La tarea hoy no es bautizar a los convertidos sino convertir a los bautizados. Necesitamos saber situarnos como bautizados para vivir de otra manera. Vivir como Jesús, ocupando los espacios que Jesús nos enseñó a ocupar.

   “Ahora me siento agitado”, “no puedo más de tristeza”, son palabras de Jesús en Getsemaní. Jesús se siente desbordado, así, llanamente. Pero sabe situarse ante el dolor; sabe también que ocupar ese dolor es ponerse de parte de todos los vencidos de la historia, de todos los perdedores, los marginados, de todos los que padecen violencia y lo pasan mal. Ahí estuvo Jesús.

      “Aprendió sufriendo a obedecer”, vamos a oír en la 2ª lectura. Obedecer no es hacer caso a alguien sino aprender a oír con profundidad, estar siempre dispuestos a aprender de tantas situaciones como nos dan lecciones imprevistas, desconcertantes o dolorosas.

         Todo esto nos dice la liturgia de este domingo. Jesús se compara a un grano de trigo que es aplastado, que se pudre y que muere y que por eso da vida a otros. Situarnos en ésa y en tantas otras paradojas nos debe hacer humildes y lúcidos para aprender.

 

 

 

 

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