Aceptar hondamente la palabra de Dios en la vida

  Fiesta de la Inmaculada

  Hoy es la fiesta de la Inmaculada. La fiesta más popular de la Virgen, aunque no siempre la mejor entendida. Inmaculada quiere decir que Dios la pensó sin pecado, que el pecado no la rozó siquiera. Así lo definió en 1854 Pío IX, así lo ha creído y confesado siempre la Iglesia. La fe de la Iglesia, desde siempre, al decir “inmaculada” apuntaba a una actitud interior, la de quien ha aceptado hondamente la palabra de Dios en su vida.

   Con esto decimos que María se tomó absolutamente en serio la palabra de Dios: se dejó interrogar por esa palabra, la acogió, lo cual no significa que siempre tuviese claras las cosas. Por eso también María, como cualquiera de nosotros, vivió su Adviento y salió al encuentro de la palabra de Dios, al encuentro del Señor. Y el Señor la ocupó totalmente, la colmó de su gracia. Esto queremos decir cuando decimos llena de gracia.

     Situar esta fiesta de la Inmaculada en el marco litúrgico del Adviento, como fiesta de la santidad, significa que salimos al encuentro de la palabra de Dios en nuestra vida personal. Así, esta fiesta tiene que ver con nosotros: nosotros necesitamos vivir el Adviento, como necesitamos comprender que esa realidad que es la historia del pecado tiene que ver con la historia personal de cada uno, porque es la historia del pecado perdonado. 

     Que todo esto que hoy conmemoramos nos haga cercanos a la palabra de Dios que llega y nos haga comprender la necesidad de una respuesta cabal en nuestra vida personal.

 

 

 

 

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Adviento: tiempo para descubrir

I Domingo de Adviento

    Hoy comienza el ADVIENTO, y con él el año litúrgico. En estos próximos cuatro domingos se nos llama a tomarnos más en serio, a ver nuestra vida con otro aire, otro espíritu y otras esperanzas. Las esperanzas los cristianos las ponemos en el Señor que viene y no nos faltará, que saldrá a nuestro encuentro y volverá a ser posible lo que nos parecía imposible. Por eso pedimos con la Iglesia insistentemente que “venga el Señor”. Por eso pedimos con muchos comprender que OTRO MUNDO ES POSIBLE.

     Pero queremos distanciarnos rigurosamente de una manera de esperar al Señor o de preparar o recibir la Navidad, a la manera de “El Corte Inglés”. No basta con sacar del baúl las luces de otros años. Adviento es un tiempo para descubrir. Queremos descubrir y redescubrir desde el Adviento una relación a Dios que se nos escapa de las manos casi continuamente; queremos que el Adviento cambie nuestras actitudes. No se trata de espiritualizar el presente sino de alentar el futuro con otras propuestas y otras esperanzas.

      Somos tus hijos, Señor, dice la Liturgia. Tú eres nuestro padre; somos tu pueblo, pero estamos lejos de ti; somos arcilla, obra de tus manos, pero nos hemos rebelado demasiadas veces… Jamás oído oyó ni ojo vio un Dios que hiciera tanto por quien espera en Él. Oh Dios, restáuranos. Restáuranos como se restaura un tiesto roto. Estamos perdidos, pero sal a nuestro encuentro. Ven Señor, no tardes. Ven, Señor Jesús.

      Todo esto es oración de Adviento; el espíritu en el que queremos entrar con la liturgia de este primer domingo de Adviento.

 

 

 

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Preferidos = los más necesitados

Jesucristo, Rey del Universo

     La Fiesta de Cristo Rey es el final del año litúrgico: todo lo que une converge, todo lo que converge lleva a Cristo, así pensaba y se expresaba el P.Teilhard de Chardin. Pero hay un trabajo previo a realizar: vivir de manera que todo nos una, todo cree solidaridad, todo sea un evangelio de misericordia. Así queremos celebrar esta fiesta litúrgica resituando lo más importante: el amor que tenemos a los demás, y descubriendo que ese amor tiene sus preferencias en los más necesitados, en los que tienen menos apoyo y menos recursos, en los más pequeños de nuestros hermanos.

    A esta luz, esta fiesta es de todos, pues a todos interesa. Porque empieza descubriendo el Reino de Dios que tenemos dentro del corazón y acaba comprometiéndonos en  una tarea permanente que nos hará salir de nosotros mismos.

    Al acabar el año litúrgico, este itinerario de fe que constituyen los 52 domingos del año, debiéramos concluir con un examen de conciencia y una acción de gracias por todo cuanto hayamos descubierto en nuestra vida de fe, cuanto haya supuesto de novedad para cada uno el contacto con la palabra del evangelio en el encuentro semanal de cada domingo del año.

 

 

 

 

 

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Necesitamos esperanza firme, ilusión sin límites

    Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario

   Hoy es el domingo trigésimo tercero del tiempo ordinario. Bajo la imagen de unos empleados que esperan a que el amo vuelva, la liturgia nos recuerda la venida del Señor. El Señor que va y viene, que sorprende, que abre un diálogo en el que necesitamos entrar, pero no con el temor de una prueba o de un examen de estudiantes: a ver qué sabes, o a ver qué has hecho. Sencillamente, el Señor quiere que trabajemos con El, porque de alguna manera le somos necesarios. El problema es que estamos entretenidos, embobados, confundidos, despistados… De todas estas maneras lo dice la carta de San Pablo, que leeremos. Y necesitamos luz, ideas claras, lucidez para el compromiso, esperanza firme, ilusión sin límites y mucha fe en que lo que Dios pone en nuestras manos nunca es una trampa. Las trampas ya se encargan otras instancias de ponerlas ante nosotros.

     Que el Señor viene tiene que ser siempre una noticia gozosa. Necesitamos descubrir que nuestro trabajo es una oportunidad de encontrarnos con el Señor. Saber disponernos con ilusión a una tarea de cooperación en nuestro quehacer de cada día.

     Hoy, además, se celebra el día de la Iglesia Diocesana. Tenemos presente esta intención y recordamos que la Colecta de este Domingo está destinada a ayudar a la Iglesia Diocesana de Granada.

 

 

 

 

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Poner esperanza en la búsqueda de cada día

 Domingo XXXII del Tiempo Ordinario

    Hoy es el domingo trigésimo segundo del tiempo ordinario. Se acentúa en estos últimos domingos el tono escatológico, es decir, se anuncia la venida del Señor. Algo a lo que necesitamos estar preparados.

  Porque el Señor, Dios, se nos puede hacer presente, y necesitamos buscarlo y descubrirlo. Queremos estar vigilantes, ser lúcidos, vivir preparados. Queremos, por ello, tener sensibilidad para apreciar lo bueno y dar gracias a Dios, denunciar lo que no es bueno y pedir penetración para analizar y decisión para denunciar lo que es mentira o manipulación o abuso.

    El Señor viene tiene que ser una noticia gozosa, no un anuncio catastrofista. Ese es nuestro trabajo: poner esperanza en la búsqueda de cada día, lucidez para descubrir lo verdaderamente importante y un riguroso sentido crítico para que nunca se nos dé gato por liebre. Vamos a pedir al Señor disponer nuestro corazón a esta actitud de vigilancia.

 

 

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Críticos con otros, indulgentes con nosotros

Domingo XXXI del Tiempo Ordinario   

     Hay cosas que no son compatibles con ser cristianos y que, además, se venden como el mejor cristianismo; cosas que olvidan lo importante y encierran maneras perversas de entender a Dios y de malentender al prójimo. Esa es la razón por la que Jesús fue tan riguroso a la hora de delatar el fariseísmo de su época.

     El cap. 23 del evangelio de San Mateo delata actitudes religiosas que se han dado y se dan siempre. Por eso es importante traducirlo para nosotros. Se trata de algo que vicia de raíz nuestra relación con Dios, y que, por supuesto, daña nuestra relación con los hermanos. Algo que nos hace perder de vista lo importante, que nos hace muy tolerantes con nosotros mismos, pero muy duros con los demás. Que nos hace críticos para quien no piense como nosotros e indulgentes al máximo a la hora de delatarnos o de decirnos que debemos ser de otra manera.

     Que la palabra de Dios que oímos esta noche nos disponga a convertir el corazón, a ser cada día más sensibles para descubrir ese permanente elemento corruptor de nuestra religiosidad que es el fariseísmo que siempre nos amenaza.

 

 

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Tomarse muy en serio a Dios y al otro

Domingo XXX del Tiempo Ordinario   

   El Evangelio de hoy nos recuerda un tema siempre legítimo. Preguntar por lo importante: en tiempos de Jesús, era legítimo y necesario pues la ley religiosa de entonces estaba hecha de 613 preceptos. Y había que pararse a pensar en lo que de verdad importaba ante Dios y ante los demás.

    También nosotros nos debemos preguntar por lo importante: y se nos dice que lo que de verdad importa es amar a Dios y que amar al prójimo es igualmente importante. Y esto lo queremos tomar muy en consideración y lo traducimos como tomarse muy en serio a Dios y muy en serio al hombre. Y que eso es central y que ambos preceptos coinciden y que ese es el camino, y que no hay otra manera de entender nuestra religiosidad. Y todo esto debiera llevarnos a relativizar muchas categorías y de esta manera darle a nuestra vida cristiana un tono distinto, bien distinto.

      Que la oración de todos y la acogida que hagamos de la palabra de Dios nos lleve a organizar más evangélicamente nuestra vida. 

 

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Poner a Dios en su sitio

Domingo XXIX del Tiempo Ordinario

  Hoy es el Domingo vigésimo noveno del tiempo ordinario. La liturgia nos ofrece unas palabras de Jesús que han venido a formar parte de un lenguaje familiar y concluyente: dar a  Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César. También llega a nosotros una palabra enérgica de Jesús dirigida a los fariseos: ¡hipócritas!.

  Necesitamos las palabras de Jesús como luz para saber situarnos en la conversación y en la lucha de cada día. Dar a Dios lo suyo y lo suyo al César. Tratar seriamente las realidades temporales y poner a Dios en su sitio.

     Jesús emplea una expresión muy dura, que podría ser dirigida a nosotros: hipócritas. Serlo es fingir estar muy preocupados por una cosa cuando lo que nos interesa es otra; que es como ponerle el decorado a la comedia religiosa, cuando lo que nos preocupa y ocultamos es nuestro interés, nuestro provecho o envolver a otro en nuestra trampa.

     El evangelio de este domingo nos compromete a todos: Dios y el César debe ser nuestro universo, a ver cómo lo administramos y, sobre todo, cómo nos situamos ante Dios, cómo hacemos del trabajo un lugar importante de nuestra existencia.

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Aquí está nuestro Dios

Domingo XVIII del Tiempo ordinario

     

      Este domingo, vigésimo octavo del tiempo ordinario, se nos dice que todos hemos sido invitados por Dios a participar en unas bodas y que hemos de tomar en serio esta invitación.

     Vamos a  oír al profeta Isaías: “El Señor aniquilará la muerte, enjugará las lágrimas; alejará de todo el país el oprobio del pueblo. Ese día se dirá: aquí está nuestro Dios”. Y nos preguntamos si es verdad que Dios está entre nosotros; otras veces tendremos que afirmar enérgicamente que no, que es imposible que Dios esté en muchas situaciones que vemos y que a lo mejor ayudamos a que persistan.

     Pues hay situaciones en las que Dios no puede estar: en los integrismos, en tantas formas excluyentes desde posturas políticas, desde manejos interesados, desde fundamentalismos o dogmatismos religiosos.  Y pensamos y ponemos los ojos en nuestros integrismos religiosos, en la manera sutil o ruda de excluir a muchos, porque no son de los nuestros: no piensan como nosotros, no votan como nosotros, ni siquiera leen el periódico que nosotros leemos. Pues bien, nada de esto es evangélico.

     Y ahí nos detenemos en esta Eucaristía, pidiendo y deseando que el Señor aleje el oprobio de nuestro pueblo, que enjugue las lágrimas de los que sufren, que haga crecer la alegría, que siembre de sonrisas el horizonte de incertidumbres que con frecuencia nos aterra. Que podamos decir de verdad, como el profeta: aquí está nuestro Dios.

 

 

 

 

 

 

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La viña es nuestra vida

Domingo XXVII del Tiempo Ordinario

    Hoy es el domingo vigésimo séptimo del tiempo ordinario. La parábola que hoy leemos, de los viñadores perversos, nos acerca a un tema serio: ¿qué hacemos con la viña, qué hacemos con lo que Dios ha puesto en nuestras manos? Esta parábola no encierra un cuerpo doctrinal; desemboca en un juicio, en una o muchas preguntas que cada uno debe hacerse sobre su vida y su trabajo, sobre la manera como uno se hace cargo del espacio concreto que Dios y la vida han puesto en nuestras manos.

     La dureza de la vida, las dificultades de cada uno cada día, la pérdida silenciosa de nuestra fe, el deterioro de nuestras relaciones más íntimas, que reclaman un tratamiento más generoso, más delicado y más justo; la rentabilidad social de nuestro estudio o de nuestra amistad, la rentabilidad moral de nuestra presencia en determinadas instituciones. Nada se nos ha dado para cultivar nuestra imagen. Y, sobre todo, nada se nos da en menoscabo de otro: la viña del Señor es el pueblo de Israel, la viña que necesitamos rentabilizar es nuestra vida personal y social.

     En este domingo queremos tener presentes a todos los que viven con grandes dificultades, a cuantos se les hace difícil, muy difícil, transmitir la fe a sus hijos, responder con fe a los momentos de conflicto o acertar cada día en la manera de rentabilizar socialmente su esfuerzo y el trabajo de su vida. La crisis económica que se nos ha venido encima seguramente que ha caído sobre demasiadas espaldas y va ahogar a muchos, seguramente siempre a los mismos.

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