Lealtad y acogida como estilo de la comunidad cristiana

            Hoy es el domingo décimo tercero del tiempo ordinario. Hoy terminamos de leer el discurso de Jesús sobre la misión de los cristianos en el mundo: se nos habla de la exigencia de lealtad que encierra la fe, y de la acogida como estilo de la comunidad cristiana. En una sociedad y una cultura que ha desencadenado la sospecha y hasta la difamación y la intriga, como formas de relacionarse unos con otros, el Evangelio es en esto contundente: Dios nos acoge, Cristo nos acoge, nosotros hemos de acoger.

            Bastante tiene que ver con esto el llamamiento que hoy se hace para movilizar al mundo contra la pobreza. Los números asustan pero nos familiarizamos con ello y los leemos como noticias que nada tuvieran que ver con nosotros.

            Este domingo, debido a la proximidad de la fiesta de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, se nos recuerda el carácter universal de la vocación cristiana. Los apóstoles son  las columnas de la unidad y la universalidad: dos notas características que están siempre en peligro por la miopía y los pequeños intereses de muchos.

            A partir de  mañana, muchos de los que estamos aquí empezarán sus vacaciones de verano, otros seguirán aún a la espera de otras fechas. Quizá muchos de los que nos saludamos cada domingo en esta celebración no lo volvamos a hacer hasta el mes de septiembre u octubre. Que los lazos de amistad que se han trabado en estos meses pasados se sostengan para bien de una sociedad que necesita de la amistad. Y que el descanso rehaga en nosotros la calidad de nuestra vida humana y cristiana; que, más descansados, mejoremos en la manera de compartir y de entendernos. Y que tengamos presentes a tantos como les es muy difícil, si no imposible, descansar.

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“No tengáis miedo”

     Constituimos el nuevo pueblo de Dios, que recibe un encargo, del que somos depositarios todos. Todos estamos llamados a dar un testimonio.

     Pero no es fácil este testimonio: estamos rodeados de miedos, de nostalgias, de mecanismos de defensa. Tal vez sean estos los primeros demonios que tenemos que expulsar, y la primera libertad que necesitamos recuperar para nosotros y para otros.

     Se nos va a decir que no tengamos miedo, que nosotros valemos más que los gorriones. Pero ¿quién se cree esto cuando se siente aprisionado por sus miedos personales o colectivos? Se nos va a decir que estemos dispuestos a confesar nuestra fe, a dialogar desde ella con este mundo entrañable porque es nuestro, donde tenemos nuestra vida y en la que tenemos que poner esperanza.

     Vamos a celebrar la fe juntos en este domingo, una vez más, teniendo presente lo que tocamos cada día: los exámenes de los estudiantes, el horizonte de los que buscan trabajo, las inquietudes y ansiedades de tantos agobiados. El final de curso de los que por fin han acabado sus carreras o están próximos a ese momento importante.

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Ser alimento para los demás

Corpus

  La fiesta del CORPUS es la misma que la del Jueves Santo: se conmemora la Institución de la Eucaristía, remarcando la nota de celebración gozosa. A partir del siglo XII, el CORPUS se convirtió en una gran fiesta popular.

     El Cuerpo de Cristo no es sólo el pan ofrecido y transformado por la acción del Espíritu Santo, sino que la Iglesia, que celebra y recibe este pan eucarístico por la misma fuerza del Espíritu, queda transformada en Cuerpo de Cristo.

     El hecho de que hoy celebremos el día de la Caridad, de CARITAS, nos ayudará a remarcar el vínculo indisoluble entre la comunión eclesial y la comunión con los más necesitados: la Eucaristía nos mueve a compartir el pan de cada día. El alimento de nuestra fe nos hace ser alimento para los demás; nos hace descubrir la voluntad de Dios: que el pan de cada día sea para todos.

     CARITAS extiende hoy su mano hacia nosotros. Por esta razón, más que nunca la colecta resalta el sentido de participación, de cercanía de Dios, de misión de cada celebración sacramental. Caritas pone especial énfasis en la acogida para cuantos necesitan ser, además de acogidos, acompañados, asistidos y queridos.

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Trinidad: espacio de amor

Fiesta de la Santísima Trinidad

Muchos momentos de nuestra vida cristiana están marcados por la Trinidad: todo cuanto hacemos en el nombre de Dios, todo cuanto en nosotros signifique salir conscientemente a la búsqueda de Dios, de su voluntad.

     En el nombre de la Trinidad fuimos bautizados, confirmados; en su nombre se nos da el perdón. En su nombre quisiéramos hacer todo cuanto en nosotros creemos que merece la pena.

     Dios no es misterio porque sea oscuro, sino porque es inmenso. Es la plenitud de la vida de Dios su misterio. Dios se nos ha querido mostrar hacia fuera como es hacia dentro. Si tenemos que ver con Dios, si Él tiene que ver con nosotros, entonces la vida de Dios, la Trinidad, no es para nosotros un episodio carente de significado.

     No nos interesan los nombres (Padre, Hijo, Espíritu), nos interesan las Personas que se nos revelan: lo que hemos venido celebrando en los cincuenta días de la Pascua, que terminó el domingo pasado: la manera cómo actúa el Padre, la comunicación y la entrega del Hijo, y el don renovador del Espíritu.

     La Fiesta de la Trinidad es la fiesta de la gran familia que es Dios, familia que se construye dándose recíprocamente. Esta, que es la historia de Dios, no es precisamente la historia de la familia humana, que hemos de reconocer que no ha sido una familia bien avenida. Estamos bastante lejos de ese espacio de amor que es la Trinidad y la vida de Dios.

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Espíritu que impulsa y serena

 

Pentecostés

    Hoy celebramos Pentecostés: recapitulación y culminación de la Pascua: victoria de Jesús y presencia del Espíritu. Don de la paz, certeza de la resurrección; alegría de la fe; participación de la vida del resucitado; liberación del mal y del pecado. Cualquier aspiración noble que quepa en nosotros tiene su explicación en el más profundo sentido de esta fiesta.

     El Espíritu de Jesús resucitado llena la tierra, nos conduce y nos hace nacer y vivir para la Iglesia. Nos hace cristianos, nos hace mirar hacia arriba y marchar hacia delante. El Espíritu nos hace contemporáneos de Jesús. Sin Él Jesús no sería más que un muerto ilustre.

    Cuanto nos anima y empuja a vivir con un horizonte nuevo, cuanto nos hace ponernos muy por encima de nuestra pequeñez, es del Espíritu. No es del Espíritu lo que nos instala en la revancha, en la mediocridad, en el aprecio de la propia dignidad, lo que nos hace duros para olvidar, lo que empequeñece nuestra lealtad, nuestra colaboración, nuestra entrega a los demás.

     Hay que discernir, pensar y sopesar; tal es el verdadero ejercicio espiritual, al que a veces renunciamos porque nos cargamos de razones, de lógica empobrecedora, de explicaciones que, a la larga, acaban por cansarnos, sin dejar apenas que sea el Espíritu el que nos clarifique, nos serene y nos impulse.

 

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Ascensión: nueva presencia más que ausencia

La Ascensión es el señorío de Dios en la vida y en la obra de Jesús, que es otra manera de celebrar la Pascua. La Ascensión no evoca una ausencia, sino que evoca una nueva presencia del Señor. Jesús “no se ha ido para desentenderse de este mundo”, dice la liturgia de hoy. Está con nosotros, lo encontramos en la Palabra, en la Eucaristía, en la comunidad que se reúne en su nombre. Y en el Espíritu que nos mueve y nos hace mirar hacia arriba y hacia delante.

     No es fácil ser cristiano; ni actuar como cristianos. Cada uno sabe su porqué y comprende que ni la historia ni la cultura nos facilitan siempre el descubrimiento del Señor, ni el recuerdo de su mensaje. Pero ese es el desafío que queremos y necesitamos asumir. Todo esto es Ascensión.

     La fiesta de la Ascensión nos deja a las puertas de la gran celebración de Pentecostés; con ella se cierra el tiempo pascual: la venida del Espíritu es la plenitud de un itinerario que empezó en la Encarnación del Hijo. Ahí culmina esa acción de Dios en nuestra historia que llamamos historia de la salvación. Y ahí nace la Iglesia. Y en ella, cada uno de los que nos vemos cada domingo, hombres y mujeres, que nos damos la paz y que participamos de la misma Palabra y el mismo pan.

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Dios: consuelo y verdad

Domingo VI de Pascua

    Las lecturas y la liturgia de este domingo sexto de Pascua nos acercan al tema del Espíritu que se nos dará. Es la obra permanente de Dios en la comunidad que formamos entre todos.

     Dios se nos hace presente como defensor, como consuelo, como verdad. Necesitamos aprender a escudriñar nuestro mundo interior y descubrir su presencia cada día. Esa presencia de Dios que necesitamos para discernir tantas situaciones no siempre claras en el ejercicio de nuestra realidad personal y social.

     La Iglesia que entre todos formamos, compuesta por aquellos que aman y que pretenden ser fieles a la palabra de Dios, es también la Iglesia que discierne y que necesita dejarse conducir por el Espíritu que se nos da por la resurrección de Jesucristo.

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La fe, compromiso de acción creíble y esperanzadora

Domingo V de Pascua

 Hoy, quinto domingo de Pascua, se nos dice que no andemos agobiados; que Él, Cristo, va a iniciar un camino y que Él mismo es el camino. Se nos dice también que tengamos fe y que, si tenemos fe, haremos las mismas obras que realizó Jesús.

 Nosotros entramos fácilmente en la incredulidad, porque dudamos demasiadas veces de que sea posible andar el camino de la fe, en medio de tantas dificultades como se nos atraviesan. Cada cual sabrá ponerle nombre a su dificultad, cuando esperaba otros horizontes. Es el momento de recordar algo que no nos va a faltar nunca la cercanía de Jesucristo, su palabra: Lo simplemente cristiano del cristianismo es Jesucristo. Esta verdad no debemos vivirla con arrogancia, ni en la mezcolanza sincretista de toda religión. Nuestra fe nos compromete al respeto profundo de otras creencias, a la vez que a un comportamiento creíble y esperanzador.

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Más libres mientras más vida gocen

Domingo IV de Pascua

   Hoy es el 4º domingo de Pascua. Con una extensa alegoría, en el capítulo 10 del evangelio de Juan, Jesús dice de sí mismo que es “el buen pastor” y la “puerta” por donde entran y salen las ovejas. Todo este relato del Buen Pastor puede resultarnos chocante, a veces abusivo, cuando no alienante. Pero responde a la cultura de un pueblo de pastores, como era el pueblo judío, que llamaba a Dios su pastor, al rey su pastor y que esperaba al Mesías como buen pastor de un pueblo abandonado y sin recursos.

   También la Iglesia se entiende a sí misma como pastor y su tarea evangelizadora la envuelve en la misma expresión alegórica.

     Pero la idea fundamental que se necesita destacar está en relación a la vida que las ovejas encuentren. Y, por supuesto, que las ovejas no son “borregos”, sino seres libres, que tanto más libres serán mientras más vida experimenten y gocen.

     Necesitamos clarificarnos. Saber que nadie va a abusar de nosotros. Que no somos muñecos. Sería tomarnos como ovejas o como borregos, pero nada de esto da vida a nadie. Necesitamos preguntarnos sobre muchas realidades que recortan nuestra responsabilidad de vivir, necesitamos guardarnos de lo que nos introduce en la perversión, en el abuso o en la corrupción,  en el sinsentido y en la muerte. Necesitamos vivir y encontrar verdadera ayuda para todo esto.

 

 

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Leer el espesor de la realidad con detenimiento y deseo de encontrar soluciones

Domingo tercero de Pascua

   Estamos en el domingo tercero de Pascua. El Señor se hace presente a dos discípulos que atraviesan una profunda crisis de desesperanza. El camino de estos dos puede ser como el nuestro, un camino de dudas, de preguntas sin contestar, de ansiedad, de desolación. La huida es la solución que a ellos y a muchos se nos ocurre.

   Sin embargo, necesitamos entrar en un camino de vida: “me enseñarás el sendero de la vida”, se nos va a decir en el salmo. La desolación no es una experiencia pascual. Ser testigos de la Pascua es serlo de la victoria de Jesús. Ser testigos seguramente nos lleve a vivir muy comprometidos, con un deseo de dejarnos enseñar por los acontecimientos. Algo de esto se nos dice también hoy: Jesús “les fue abriendo el entendimiento para que comprendieran las Escrituras”.

     Comprender las Escrituras no es un salvoconducto con el que eludir dificultades, sino para leer el espesor de la realidad de cada día con mayor detenimiento y deseo de encontrar soluciones.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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